LAS CÁBILAS

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LAS CÁBILAS

Mensaje  camome el Jue 31 Ene - 19:09




Las Cábilas o El Peralejo de Chillón: Una visión personal e histórica (1950-1956)
Por Alejandro García Galán

Chillón, en donde está ubicado el ruinoso caserío de Las Cábilas, con la aldea de Los Palacios de Guadalmez o simplemente Guadalmez, fue un municipio perteneciente hasta 1833 al llamado por entonces Reino de Córdoba, cuando el motrileño Javier de Burgos divide España en provincias, por Real Decreto del 30 de noviembre de ese mismo año, en las provincias actuales, salvo el caso de Las Palmas -que se crea en 1927 con Primo de Rivera-, e incluir Chillón con su aldea en ese momento en la recién creada provincia civil de Ciudad Real. (En 1927 la aldea de Guadalmez alcanza el título de villa independiente de Chillón). Hasta aquel año, 1833, el término municipal de Chillón formaba como una especie de cuña incrustado por un lado entre la provincia de La Mancha, con Almadén como localidad más próxima; por otro lado con la provincia de Extremadura -más concretamente la Baja Extremadura-, que pasará a nominarse ahora provincia de Badajoz, con las poblaciones más cercanas de Capilla y Peñalsordo; y por último, su limitación con otro término municipal del propio Reino de Córdoba, el de Santa Eufemia, que pasará a llamarse ese mismo año provincia de Córdoba.

Si hacemos esta sencilla descripción geográfico-histórica es por situar al curioso lector que se acerque al conocimiento de un territorio sumamente rural y agreste en el que hoy en día se conservan las derruidas casillas, que un día fueron habitadas por unas 20 familias, casi todas de “el Pueblo” como sinónimo de Peñalsordo, entre las que se encontraba la mía propia; que en la actualidad tan sólo son ruinas desperdigadas donde crecen eriazos y en las que no hace tantos lustros existió una vida muy activa e intensa, de la que yo mismo formé parte durante 6 años (1950-1956) conservando recuerdos, sí, imborrables, de aquel tiempo, propios de un chaval de entre 8 y 14 años que es cuando el ser humano “despierta” a la vida.

Mis primeros años de infancia en Peñalsordo; Las Alisedas y El Peralejo (Chillón)

Mis primeros 5 años transcurrieron íntegramente en el pueblo donde nací, Peñalsordo, en la Baja Extremadura (Badajoz). Con esa edad me llevaron a vivir por cortas temporadas hasta una finca del término municipal de Chillón (Ciudad Real), conocida con el nombre de Las Alisedas de Arriba, rodeado de personas dedicadas en su totalidad al cultivo de cereales de secano (cebada, avena y trigo) y al ganado, todas ellas como arrendatarios. La finca, a la sazón, pertenecía a la viuda de don Juan Nieto (rico terrateniente natural de Talarrubias), quien pasaba sus días entre la propia finca, con una espaciosa y hermosa casa blanca de dos plantas, y su confortable vivienda de Almadén. Muchas de aquellas personas allí asentadas eran próximas entre sí y a mi familia; bien por parentesco, bien por orígenes peñalsordeños. En Las Alisedas permanecimos, si bien no fijos, aproximadamente 3 años; más tarde, mi padre siguió algunos más cultivando aquellos campos arrendados de secano, pero este trabajo se simultaneaba con los terrenos propios de El Peralejo y del “Pueblo”. Cuando yo ya había sobrepasado los 7 años, mis padres optan por trasladarse de finca al haber comprado anteriormente (1947) unas acciones o participaciones, y ser por tanto copropietarios, en el otro extremo del mismo término municipal de Chillón. Esta otra finca recibía y recibe el nombre de Peralejo de Arriba o de Chillón, ya que existe otra gran dehesa con el mismo nombre y que se conoce con el apelativo de Peralejo de Abajo o de Guadalmez, por estar ubicada en jurisdicción de este pueblo. Ambas fincas son colindantes y en origen pertenecieron a una misma familia procedente de Talarrubias pero con casa también en Chillón, los Márquez de Prado. Los Peralejos es un territorio bastante rocoso y abrupto, a diferencia de Las Alisedas que suele ser más asequible y llano.

Mi llegada a Las Alisedas supuso efectivamente un “cambio de paisaje” respecto al visionado en Peñalsordo, cuyo entorno eran calles más o menos largas, casas de dos plantas con su cámara o doblado, iglesia y ermita, la plaza principal con su fuente, y mucha gente por la calle, algunas conocidas, otras ignoradas; y como fondo altos peñones, así, el Peñón del Pez -bien visible en todo el pueblo-, el de la Tía Luisa, Peña la Graja, los Agallares y el Torozo; en la finca hay casas bajas desperdigadas entre sí, entre ellas la nuestra, nuestra casilla, pared con pared de la de los parientes Orencio y María, y Alfonsito con el que jugaba; y un caserón central con otras dependencias adosadas, encalado de blanco con un gran rótulo en cerámica pegado a la pared con el nombre de Las Alisedas -era la casa de la dueña y junto a ella la del guarda y la del chófer-. No lejos de la casa, un gran pilar con agua de donde se abastecían las caballerías y varios pilones contiguos que se comunicaban y servían a las mujeres para lavar la ropa familiar. Las personas que en aquellos parajes contemplaba yo, si bien la mayoría eran de nuestro mismo pueblo, como dije, suponían un descubrimiento para mí, salvo, obviamente, mis padres (Ángel y Apolonia), hermana (Palmira), abuela (Martina), tíos maternos (matrimonio Daniel y Enriqueta) y primos (Consuelo, Daniel y Carmen). Y cuando en ese mundo que iba conociendo poco a poco e insertándome en él, un día partimos con los mulos por el camino hacia Chillón, y atravesando esta villa, llegamos hasta nuestro nuevo destino en el mismo término municipal, El Peralejo.

La finca de El Peralejo de Arriba o de Chillón: Llegada de los peñalsordeños

A comienzos del pasado siglo, una docena de familias jóvenes con sus hijos muchachos, llegan para descuajar y más tarde cultivar una finca de casi 700 Ha. de monte. Lo hacían en calidad de arrendatarios pero con derecho a compra. Todos procedían de Peñalsordo. Su nombre, el nombre de la finca, Peralejo y Sotogrande, más tarde Peralejo de Arriba o de Chillón y posteriormente se la conocería por Las Cábilas. Había otra finca a su lado poniente llamada Maniantivos y Batanejos, conocida después como Peralejo de Abajo o de Guadalmez, ambas fincas pertenecen en ese momento al término municipal de Chillón (será en 1927 cuando Guadalmez, se ha dicho, adquiera el título de villa independiente de Chillón, quedando un Peralejo en la parte chillonera y el otro en la guadalmiseña). El mismo año que estalla la guerra civil, 1936, los peñalsordeños quieren hacen valer sus derechos y comprar la finca, pero no será hasta 1947 cuando se lleve a efecto y se haga la escritura de compra-venta entre el entonces propietario don Fernando Márquez de Prado y Mendoza, soltero, abogado y vecino de Talarrubias, y varios de los arrendatarios de ese momento con otros nuevos añadidos que pasan a ser también propietarios; entre ellos varios hijos de los primeros arrendatarios, que se habían hecho mayores y estaban casados. La finca se irá pagando religiosamente en parte por el picón y carbón sacados de las piconeras y carboneras a través de tanto árbol y arbusto como había en esta finca llena de maleza y de nivel desigual. Picón y carbón que transportaban en caballerías hasta la próxima estación de ferrocarril de Chillón y su posterior exportación a las grandes ciudades. Los cabeza de familia que decidieron “buscar fortuna” en El Peralejo -otros individuos de la comarca lo harían marchando hasta la Argentina por aquellos años- fueron entre otros:

. Ignacio Zarcero
. Agustín Redondo
. Francisco Redondo
. Manuel García
. Candela (varón) Muñoz
. Guillermo Fernández
. Ricardo Chamorro
. Gregorio Díaz Salazar
. Pascual Bailón …

Cuando el notario de Almadén, don José Palop Fillol, da fe de la escritura de compra-venta el día 7 de noviembre de 1947, el vendedor es el antes citado don Fernando Márquez de Prado y Mendoza, por un lado, que había adquirido la finca por herencia, y los compradores de la finca son los peñalsordeños:

. Joaquín Redondo Salazar, Jacinto Redondo Muñoz, Eugenio Naharro Ruiz-Roso (éste de Chillón), Luis Mora Ruiz, José Almena Corral, Ángel García García, Apolonio Fernández Tejero, Benito Muñoz Tejero, Valentín Babiano Pimentel, Marcelino García Carrasco, Guillermo Fernández Núñez, Manuel Redondo Muñoz, Pedro Pizarro Hidalgo, Ignacio Zarcero Pedrajas y Fidel Redondo Muñoz, añadimos que todos ellos fallecidos. Sus cónyuges se llamaban para la historia o intrahistoria:

. (Petra Zarcero Jiménez, Encarnación Pedrajas Ruiz, María Mercedes Marjalizo Cabrera, Inocencia Pizarroso García, Carmen García Carrasco, Apolonia Galán Mora, Margarita Águila Serrano, Dolores Pedrajas Ruiz, Victoriana García Carrasco, Paula Fernández Tejero, Herminia Tejero Galán, Vicenta Fernández Tejero, Cándida Corral Corchero, María Mora Mayoral y Luisa Gómez Donaire (ésta es la única mujer que permanece viva)). La finca se compra por 133.550 pts. y se divide en 120 partes iguales.

Llegada de mi familia al Peralejo

Aunque mi padre compra participaciones o acciones en esta compra-venta de 1947, cuando vivíamos en Las Alisedas, parte de la familia no se cambió hasta El Peralejo hasta finales de 1949 y principios de 1950. Andábamos entre Peñalsordo y Las Alisedas. Establecidos en Las Cábilas, ocupamos una minúscula choza con dos espacios diferenciados: un hogar, que servía de lumbre sobre el “jogarí” (hogaril), comedor, estancia, y a veces suelo donde extender un “jardón” de paja para dormir en él…, y además otro cubículo que servía de dormitorio y troje con tan sólo una ventanilla y una “jornicha”. Era la vivienda que había habitado el predecesor de las acciones de la finca que pasaron a mis padres, aparte otra de parecidas características, solitaria, en un entorno alejado del caserío de Las Cábilas, y que por ello no se podía usar. El entorno de aquel aposento era todo muy parecido, minúsculas casillas, algunas en línea cigzagueante de una sola planta con bajo tejado de cabios y minúscula chimenea que ahumaba toda la estancia. Al lado de las mismas se encontraban las cuadras para las bestias y también las sajurdas (zahurdas) para los guarros, y los gallineros, recordemos la importancia para la subsistencia de los habitantes del cortijo que tenía la carne de cochino (base fundamental) y los huevos durante todo el año. A decir verdad, había algunas viviendas más amplias, con dos o tres cubículos que servían a veces de trojes para el grano e incluso un par o tres casas de dos plantas, ocupadas de graneros, excepto una en que sí vivían los dueños, teniendo el granero con sus trojes en la parte alta (los Redondo-Gómez). Hemos señalado las cuadras, zahurdas y gallineros; pero también hemos de añadir los pajares para almacenar el alimento de los mulos, la paja; y en la calle, algunos rimeros de leña para hacer el fuego o lumbre y calentarse o cocinar los guisos propios en las sartenes y pucheros. De ahí que la mayoría de la gente tuviese más de una casilla como necesarias. Una curiosidad al respecto, es que ninguna de aquellas casuchas poseía corral; no se piense bajo ningún concepto, en un posible patio. De ahí que las personas tuviésemos que hacer nuestras necesidades más perentorias afuera del entorno poblacional. Tal vez algunos, en las propias cuadras con los animales.
La estancia en este cuchitril descrito más arriba, resultó corta en el tiempo, ya que mi padre había ordenado construir cuando llegamos al nuevo destino a unos albañiles de Guadalmez, si bien procedían de Peñalsordo, los Hidalgo, una casa de dos plantas con dos naves y a dos aguas. En pocos meses, comienzos de 1950, los albañiles habían cubierto aguas y rápidamente nos cambiamos a la casa nueva; las bóvedas no serían construidas hasta la primavera de 1955, si bien la cuadra estaba cubierta de rollos y madera sirviendo de pajar para los animales a la que accedíamos por una escalera también de madera. Durante esos 5 años transcurridos, la nave del fondo sirvió de cuadra para los mulos y algunos años asimismo de gallinero sobre unos rollos atravesados, dos habitaciones para nosotros y frente a la cuadra se encontraba la cocina; en ésta había dos tacas para guardar los alimentos más perentorios y unas cantareras con un pequeño vasar encima; es decir, la vivienda típica de “toda la vida” en Peñalsordo, de la gente sencilla, pero que a nosotros nos parecía un palacio. Algo que eché siempre en falta en aquella casa, frente a la del pueblo, fue que, aunque teníamos cama de hierro, nunca dormíamos sobre sábanas y sí con mantas; en Peñalsordo, teníamos sábanas, aunque la vivienda que habitábamos en la calle San Ildefonso, 26, también era bastante sencilla.

Dos hechos que nos marcaron la vida en Las Cábilas

Aquel mismo verano del 50 sufrimos dos acontecimientos muy negativos en nuestro entorno; uno directamente familiar, el otro afectó duramente a otra familia del poblado. A mi padre se le murieron los tres mulos que tenía (entonces los mulos era el valor más relevante de una familia campesina, después de los miembros de la propia familia), a causa de haber ingerido hierbas venenosas junto al río Guadalmez en la vega del mismo nombre, cuando mi familia trillaba las mieses de la parte propia que teníamos en esa vega entre Guadalmez y Peñalsordo, lejos de El Peralejo. El otro caso fue mucho más triste y desgraciado para una familia del lugar, los Babiano García. Se trató de la muerte, por apendicitis, de un joven del Peralejo, de Santiago, con tan sólo 21 años. Aquellas casillas de unas 20 familias como hemos señalado, que rezumaban alegría por todo su entorno a pesar de las penurias, quedaron como paralizadas ante tanto dolor, acrecentado sin duda en sus padres y hermanos. En Las Cábilas por entonces había bastante juventud con ganas de divertimento; también los niños teníamos ganas de pasarlo bien, y en ese ambiente los jóvenes contrataban músicos en los alrededores del cortijo principalmente Almadén y por ello había baile los domingos en una existente aprendiz de plaza, y donde asistíamos la mayoría de la población. Un día de verano a Santiago le dio un dolor y pensando que era cualquier cosa con los padres ausentes, se esperó que se le pasara pronto. He de señalar que en Las Cábilas carecíamos de agua corriente, luz eléctrica, escuela, taberna, estanco, comercio, de iglesia…, de cura y de médico..., de todo aquello que una sociedad moderna puede demandar. Cuando la familia llevó al enfermo hasta Guadalmez, la cosa estaba muy complicada, y el médico titular del pueblo, don Antonio García-Bermejo, también de Peñalsordo, buen doctor, lo envió a Ciudad Real. Nunca más volvió; allí mismo en el hospital ciudadrealeño falleció. Como comprenderá el lector interesado en la historia de Las Cábilas, la noticia supuso un mazazo, no sólo para la familia del finado, que era muy numerosa entre la población cabileña, los García Carrasco, sino para todos los habitantes de aquel misérrimo poblado. Entonces desaparecieron las alegrías, el jolgorio, el bullicio, las risas y la música de los animosos tocaores con sus bailes “agarraos”. Poco antes de estos acontecimientos también mi familia estaba muy afectada negativamente ya que poco tiempo atrás el médico de Peñalsordo le detectó a mi hermana Palmira, una enfermedad cardiológica, que la llevaría en 1955 hasta la tumba. Era la única hermana que yo tenía. Pero como la vida no acababa, queremos seguir enganchados de nuevo a los acontecimientos que siguieron más adelante de la muerte de Santiago. A mi familia la cogió en las labores que desempeñábamos en el pueblo, ya que mis padres tenían algunas tierras cerca de Peñalsordo de donde éramos como queda reflejado anteriormente, y así, en temporadas de la aceituna, en la recolección de cereales o simplemente en épocas de descanso como la feria, pasábamos mucho tiempo en el pueblo. En esta ocasión así fue y además coincidió con la muerte de los mulos, uno cano, otro negro y un tercero bastante nuevo tirando a colorado. Y otra muerte cercana, aquel mismo año de 1950, el 23 de octubre, fallecía inesperadamente en su casa de Peñalsordo mi abuela paterna, Juana María García Torres.


Nuevos conocimientos de personas y topónimos

Con nuestra llegada a Las Cábilas tuve que empezar por conocer a nueva gente, aquellas que andaban a mi alrededor y conseguir próximas amistades con los niños y niñas que vivían allí desde siempre en aquellas casillas. Ya sabemos que los niños tienen una gran facilidad para conseguir nuevos amigos. Pronto comencé por saber los nombres de las personas que allí habitaban; obviamente los chicos de mi edad fueron los primeros con los que tuve relación a través de los juegos, tan abundantes y tan divertidos por aquel tiempo en el campo y en el pueblo, sobre todo cuando uno mismo debía tener suficiente maña para crearlos o recrearlos. Allí estaban los nuevos conocidos y ya amigos, José y Josefa Babiano, “Pepito” y “Pepita”, José García, Francisco y Andrea Almena, Amalia y María Jesús Fernández, Anita Mora, Consuelo, Casimira y Julia Redondo, María Jesús y Félix Zarcero, Juliana y José Antonio Muñoz…, todos de Peñalsordo, y Adoración Chamorro, “la Dora”, hija de padre guadalmiseño y abuelo portugués y madre madrileña, de Torrelaguna…, todos ellos más o menos de mi misma edad, y otros muchachos que ya empezaban a criar bigote, aún también muy jóvenes. Y el reconocimiento de la toponimia de la finca; así, relacionados con el agua, los Maniantivos, el Regil, el Charco de Tino, la Fuente de Ignacio o el pozo, ambos en el valle de la Estación; la fuente Cendrera junto al collado de la Calera; además de las aguas del río Guadalmez, que circundaba parte de la propia finca; los cerros de Betanejos, donde se asentaba el caserío de Las Cábilas, el cerro Tino o de la Vega, la cuerda del Pinar, el cerro del Buey o la sierra y collado de Puerto Ancho; el morro Chorrerón; y los valles, de las Verdolagas, el valle Raso, el valle de las Zorras o Colmenar, la Solana, la Umbría del Carril y los Huertos.

Despertar al mundo de los sentidos

Pero, junto a estos nombres propios memorizados, uno se percataba asimismo del comportamiento de los animales, tanto terráqueos como volátiles, de su natural apareamiento; del color del entorno, del sabor y el olor de las plantas y del tacto, y el despertar de esos sentidos al lado de unas estaciones tan marcadas por un sol de estío abrasador y un invierno preñado de sabañones; pero también por una primavera florecida de mil pujantes colores. Sin duda era aquél un mundo rural en su estado más primigenio, pues como bien dijo el poeta “la infancia es la patria del hombre”. O el comportamiento de los adultos que, no teniendo sitios de recreo como las tabernas, se conformaban, al término de su trabajo, por ir a casa de algún familiar o vecino, eso sí, ya lavada la cara, manos y pies, y mudados con camisa limpia, aunque con harta frecuencia estuviese remendada, para enhebrar alguna conversación acerca del propio trabajo cotidiano, duro y consistente, o a contar historias locales y cuentos que hacían las delicias, generalmente y muy principal de los más pequeños. Y también aprendí a usar términos cargados de consistencia semántica, que después no he vuelto prácticamente a escuchar, como niara (almiar), candalecho, parva, granzones, angarillas, cabestro (ronzal), bieldo, hogaño, amelga, segaores, chozas, aparejo (albalda), gañán, botos, obrá (huebra), arrengao o yunta… (Aconsejo al lector para mayor información, la lectura de un bellísimo poemario del oriundo de Las Cábilas, Andrés García Madrid, de padre cabileño y madre madrileña, él nacido en Madrid y criado en Getafe, que iba por allí de joven, titulado “El Peralejo”, libro de poesía social, salido de imprenta en 1978 en la Editorial Casa de Campo. Le gustará a ese posible lector, y también mi comunicación en el XXXII Congreso Nacional de la Asociación Española de Cronistas Oficiales, 2006, titulada “Peñalsordo, Getafe, El Peralejo y el poeta Andrés García Madrid (1927-2000) -está en Internet-).

Y retomo el tema. Todo esto sucedía a medida que aquellos años iban sucediéndose unos a otros hasta alcanzar mis huesos los 14 en que dejaría Las Cábilas y El Peralejo para recalar en 1956 en otro lugar que nada tenía que ver con lo hasta aquí anotado hasta este momento, Don Benito. Como he señalado antes, el trabajo de alza, bina, siega, trilla y recolección lo alternábamos entre el propio Peralejo, mayor tiempo, Las Alisedas y las cortas estancias en el pueblo. Si estábamos algún breve periodo en Peñalsordo, y si no eran vacaciones escolares, me acercaba por la escuela, aunque sórdida y lúgubre como pocas, y donde jugábamos a envido, entera o cualquier otro juego de moda, pero lejos de algún mínimo aprendizaje escolar.
El 3 de abril de 1955 mi única hermana fallecía en Peñalsordo dejando a toda la familia en la más triste y desesperada situación. La vida seguía ciertamente y las faenas campestres no esperaban y había que hacerles frente. Volvimos a Las Cábilas para el trabajo -tal vez la palabra más usada entonces-, a la siega y la trilla, que era lo más próximo. Un año más tarde mis padres, de modo especial por voluntad de mi padre, decidieron enviarme con los claretianos de Don Benito para “educarme”, según ellos. El 8 de octubre de 1956 atravesaba el umbral del religioso colegio, donde permanecí 7 largos años estudiando el bachillerato que realicé con buen aprovechamiento. Pero ésta es otra historia diferente, que ya hemos narrado en distintas ocasiones.

Final de una etapa

Desde muy pronto a mi llegada a Las Cábilas, los “cabileños” empezaron por construir sus viviendas en Guadalmez ya que este municipio estaba relativamente próximo a la finca. Y aquí sí, aquí había de todo lo que carecía el poblado de casuchas: luz eléctrica, agua próxima, escuelas, comercios, iglesia, médico, veterinario, etc. Así, viviendo yo en Las Cábilas, la primera familia que se traslada hasta Guadalmez, cuando ha terminado de construir una casa, es los Almena-García, padres y cinco hijos. Y pronto les seguirán otras familias que los imitaron, y que van a aumentar el censo poblacional de Guadalmez. Prácticamente todas ellas empezaron a construir o comprar viviendas, abandonando las casillas que habitaron hasta entonces durante más de medio siglo. La única familia entera, sólo éramos tres, cuatro si contamos a la abuela Martina, que no tuvo nunca casa en Guadalmez fue la mía, y que con el tiempo se trasladó definitivamente hasta Peñalsordo; las demás terminaron por vivir en Guadalmez, y a algunas esta población les sirvió como trampolín para dar más tarde el salto hasta Madrid o Barcelona. Mientras que la mayoría de familias trasladaban su residencia hasta Guadalmez, dos de ellas, los Mora-Pizarroso y los Redondo-Pedrajas, y más tarde los Muñoz-Pedrajas, optaron por construir unas magníficas viviendas en el mismo Peralejo, pero en un espacio llano cerca de los Huertos, entre la Solana y la Umbría del Carril, al lado de la casilla que cité antes de mi padre, heredada. Más tarde, los hijos de los primeros se trasladaron uno, José, hasta Peñalsordo; otro, Antonio, a Guadalmez y la hija, Anita, a Almadén; de la segunda familia, el hijo, Manolo, se casó en Guadalmez; las dos hijas, Josefa y Pura, optaron por vivir en Peñalsordo. La tercera familia se trasladó por completo a Barcelona, tras la estancia durante unos años en Guadalmez.
A medida que aquellas personas se desplazaban hasta otros lugares más habitables, las casillas de Las Cábilas se fueron quedando vacías por dentro y entre los deficientes materiales de su construcción y la falta de habitabilidad, se fueron derrumbando una por una. Hoy parece un fantasma pero sin vida; es como un gigantesco esqueleto de piedra informe, adobes y tejas rotas, donde otras veces hubo vida y bullanga, hoy hay silencio. Los “buscadores de tesoros” se encargaron pronto de recoger los cachivaches que allí habían sido olvidados o tal vez abandonados a su libre albedrío por inservibles; por no quedar, no quedaron ni las viejas y destartaladas puertas de las casillas. No hace mucho tiempo volví al Peralejo de Arriba por última vez; habían pasado más de cincuenta años de mi estancia allí. Aunque sí he visto varias fotografías por Internet. Con demasiada certeza recordaba dónde habían estado situadas las viviendas de cada uno de sus moradores, con hombres, mujeres y niños, donde ahora sólo podía contemplarse abandono y destrucción. Las lagartijas y otros reptiles “harán de su capa un sayo” entre tanto cascajo. Estuve acompañado por dos convecinas de aquellos años cincuenta, Isabel y Consuelo Redondo y el marido de esta última, Florencio. No pude con todo evitar sentir una cierta nostalgia, no en balde pasé allí 6 años larguísimos de mi propia historia, 6 de los años que más marcan a los individuos.


Última edición por camome el Vie 1 Feb - 15:48, editado 1 vez
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Re: LAS CÁBILAS

Mensaje  camome el Jue 31 Ene - 19:13

Le he pedido a mi amigo Alejandro García que escribiera un artículo sobre Las Cábilas, para que podamos comprender mejor, hoy día, el porqué y el como de ese poblado que se levantó en el Peralejo, y he aquí el resultado. Espero que os guste.
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Re: LAS CÁBILAS

Mensaje  camome el Jue 31 Ene - 19:17

Estos son algunos ejemplos de los poemas de los que habla Alejandro, escritos por el poeta cabileño Andrés García Madrid:

EL HORIZONTE

NO BASTA decantarse
en el océano del trigo ... ,
no basta, no. Ni untarse
los pies de rastrojo,
ni girar, gastándose, madurando la parva ...
No basta.
No basta sentir el silbo
de la locomotora
en la estación de Los Pedroches,
indiferente
en su humo cano, leve, siempre
con su penacho alzándose ... ,
alzándose ...
No basta, no, sacar al sol
la podre
para que se oree,
ni barrer los eriales de la otoñada,
¡ay, gañanes cantores! Sacad
las viejas penas, y remozándolas
en la veda del estío ... ,
¡ Sembradlas ... !

SONETO

Sus ojos denunciaron el insulto,
viendo en la encina la virtud atada,
cuando del látigo la herida alzada
por justicia clamó, no por indulto.
Su loquez de campeón juriconsulto
sentenció la mentira consagrada,
al tiempo que arrancó la mascarada
quitando al juez la sinrazón y el culto.
Volviste, espalda y espuela, loco y fiado
en las palabras viles del negrero
disfrazadas, irónicas, sin base.
y aún sigue, del jazmin desheredado,
el sudor transparente del obrero;
roto tal vez, pero con fuerza y clase.
(De El Peralejo)
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EL PERALEJO Y EL POETA ANDRÉS GARCÍA MADRID

Mensaje  camome el Miér 6 Feb - 15:32

“EL PERALEJO” (1978)[/b]

Alejandro García Galán

El poemario “El Peralejo” lleva este encabezamiento: “Al recuerdo de mi PADRE, extremeño y, como tantos, roto y desterrado, y a la EXTREMADURA toda, ‘Tierra de hombres sin tierra’ (como dice el poster de C.A.P.A.D.)”. Bien significativa es esta declaración formal como se puede colegir del sentimiento de Andrés por su padre y la tierra de sus mayores, tierra donde él mismo pasó parte de su infancia y juventud. El volumen se edita en 1978. Pero incluso, próximo ya a su fin, en una entrevista que le hacen en 1997 para la revista “Casa Regional EXTREMADURA en Getafe” a una pregunta del entrevistador responde: “Mi padre fue un extremeño muy orgulloso de serlo. Yo en cambio soy un extremeño no-nato, que se siente hijo de aquellas tierras, quizás por las largas temporadas que me pasaba en las dehesas, porque mis abuelos estaban allí... Mis padres me enviaban todos los veranos, allí viví, a mí me parece que siempre, en plena naturaleza; los muchachos íbamos a nidos, ¡ah, las tórtolas!, en busca de lagartos, al río a coger peces a mano, y ranas; al huerto, a las eras, ¡qué gozada, la trilla!, a montar las bestias, a ordeñar las cabras, el tirador, la honda qué sé yo cuántas diabluras”. Cuando leo estas líneas me parece que soy yo el que habla. Si bien, yo no lo haría con el mismo entusiasmo que lo hace Andrés de su infancia. Mis recuerdos no son tan agradables, especialmente los relacionados con el mundo de la trilla. Trillar era duro, muy duro. Obviamente él anduvo allí de paso. A otra pregunta contesta: “Sí, mi padre nació en Peñalsordo, un bello pueblo de Badajoz, se vino a Getafe a hacer la “mili” y aquí se quedó (...). A Extremadura me une no sólo eso, que también, sino la grandeza de sus gentes”. Sigue explicando las remembranzas de sus años juveniles en Cabeza del Buey donde empezó a estudiar... Mas vengamos en un intento de analizar el libro. Ya se ha dicho, sale en 1978, lo publica la Editorial Casa de Campo; aporta un breve e interesante prólogo un médico y fino escritor también de origen extremeño, Rubén Caba, hijo del gran filósofo y narrador Pedro Caba, éste nacido en Arroyo de la Luz y gran amigo de Andrés, que lo definirá como un “desarraigado del encinar extremeño”. Lleva asimismo sugestivos dibujos del propio Andrés y la ilustración de la portada pertenece a otro buen amigo del poeta, Ángel Aragonés.

El poemario se estructura en dos grandes apartados, “Desde el campo...”; “...a la ciudad”, con el mismo tema: la denuncia social del hombre explotado. Va a ser el autor quien hable por boca de un anónimo labriego o un obrero industrial en ambos apartados. Será él quien “vive” y represente aquel mundo campesino con todos sus avatares, un mundo de individuos de aparentes alegrías externas; pero de carencias enraizadas y compartidas con otros ciudadanos; el mundo rural más primitivo y de engañosas solidaridades; y será el mismo sujeto representando al labriego “peralejeño” quien busque “suerte” en la gran ciudad, mas se le resistirá, transmutándose los problemas arrastrados desde la cuna hasta la muerte. El “peralejeño” es el paradigma del campesino rural más profundo y desgarrado, aun sin ser jornalero, que abandona
el campo en busca de un nivel superior de vida en la ciudad por los años sesenta y setenta en nuestro país. No siempre lo conseguirá, si bien sí mejorará en cierta medida.

Obviamente el léxico utilizado por su autor es distinto según hablemos de El Peralejo o de la ciudad, dos mundos contrapuestos. En la primera parte gusta el poeta de un vocabulario lleno de matices, de consistente raigambre tradicional, herencia de siglos; en el empleado en la ciudad el vocabulario se adueña de neologismos y tecnicismos por mor de las fábricas o por el mundo de la comunicación social más pasajera o tal vez por las prisas. Con todo, en ambos apartados su autor emplea un variado y rico léxico con matices, es un lenguaje muy elaborado como corresponde a un escritor culto. La palabra
por sí sola sustenta un gran soporte en la semántica discurrida y utilizada. Dará título al libro su primer poema con el nombre de “El Peralejo”. Recogemos el texto y su intento de análisis poético, en una visión muy personal, la mía:

EL PERALEJO

EL PERALEJO es:
como un reloj, grande y redondo;
como un jardín en flor de jaras.
Entre nubes y espumas,
en la atalaya última de los cerros,
casucas de piedra,
peladas y picudas,
como nidos de águilas.
El Peralejo es:
como un amanecer de lomas,
de cerros cereales.
El mismo sol, idénticas noches,
sin jueves ni semanas,
es sólo fiestas de estrellas,
día de “cábiros”, de “cinco chinas”,
sueño de baraja:
rey de lejos..., caballo de perdigón...,
sota de leña..., trío de dedos...
En el fogón el amor del puchero canta.
El peralejo es:
como un grillo callado,
una mítica, silenciosa estampa,
un cortijo descortijado,
una comuna de labriegos,
montes, pájaros, almendras...
Dos mulos machos, guijarros como puños
y todavía con el arado romano al cuello.
El peralejo es...
¡Si yo soy el Peralejo!

El poema se estructura en tres estrofas y una sentencia final brevísima lleno de descripciones variadas y sugerentes. Tanto las estrofas como el final tienen el mismo arranque, “El Peralejo es:”. Hay voluntad por parte del poeta de presentarnos su definición con el mismo título y distinta grafía: “EL PERALEJO, El Peralejo, El peralejo, El peralejo es”. Parece como si El Peralejo se fuera degradando, empequeñeciendo. El autor va describiendo qué es El Peralejo, todo cuanto guarda en el recuerdo de su memoria, probablemente en la memoria del Andrés adulto y concienciado, cuando visitaba a sus familiares, tíos y primos, una vez fallecidos sus abuelos; es decir el joven que yo recuerdo de niño andar por las inmundas callejuelas polvorientas o embarradas de aquellas humildes casuchas construidas con piedras
informes.

Comienza el autor usando dos símiles paralelos, EL PERALEJO es: “como un reloj, grande y redondo;/ como un jardín en flor de jaras”. Ahí tenemos al Peralejo. En la primera comparación, nos lo presenta como un reloj grande y redondo. El reloj marca el tiempo y el tiempo fluye como un círculo (redondo), no tiene principio ni fin, siempre es lo mismo, siempre igual; no hay cambios estructurales y por tanto sociales entre sus gentes. Aparece la primera denuncia. Los hombres y mujeres de esta historia están sujetos en el tiempo a realizar siempre las mismas faenas, las mismas funciones. Cambiarán sólo con las estaciones, pero con ellas realizarán siempre las mismas cosas. Es un reloj redondo, por tanto circular, sin comienzo ni final, el que marque el tiempo. He aquí la segunda comparación: “como un jardín en flor de jaras”. La jara es blanca, sin contaminar; El Peralejo es pura naturaleza; pero árboles y arbustos son silvestres en ese jardín de jaras florecidas a diferencia de los jardines urbanos, que son cultivados; también los hombres y mujeres de El Peralejo son silvestres, aculturados, pero puros, no están contaminados por el exterior. ¿Dónde está ubicado El Peralejo? “Entre nubes y espumas/ en la atalaya última de los cerros ”. Allí, en el “fin del mundo” geográfico, abandonado, en lo alto del monte o cerro se divisa su silueta pétrea; y rodeándole las nubes; o sea, el firmamento, donde se encuentran sus habitantes en forma de metáfora; y la espuma que regala el río (Guadalmez) de modo real o el envoltorio dulce y suave que recibe el hombre sin ser forzado para no causarle daño físico, debido a su ignorancia. “Casucas de piedra/ peladas y picudas”. Utiliza el autor la palabra casucas, un término más del mundo idiomático cántabro que del extremeño.

Pensamos que bien podía haber puesto el término casuchas, que hubiese reflejado del mismo modo su imagen, aparte ser más propio del lugar señalado. De cualquier modo la palabra unida a piedra no conlleva ningún tipo de equívoco. Las casas están hechas de piedra informe, sin labrar, toscamente superpuestas, podríamos señalar asimismo de “piedras silvestres”, cogidas del campo sin ningún otro objetivo sino el colocarlas para guarecerse sus habitantes de inclemencias temporales. No son piedras labradas o de cantería; no soportan función estética alguna. Mas los vecinos que habitan esas piedras están sin labrar también, sin pulimentar, aparentemente asilvestrados, como el mundo que les rodea, comenzando por sus propias viviendas. Y esas casas por llamarlas así, están allá en lo alto del cerro, “como nidos de águilas”, y como éstos casi inaccesibles.

Vuelve en la segunda estrofa a la descripción comparada. El Peralejo es “como un amanecer de lomas,/ de cerros cereales”. Es decir, hay tranquilidad; las lomas, a diferencia de la llanura o la montaña que imponen grandiosidad y por tanto respeto, son pacíficas, relajadas. Y en esos campos de lomas y valles estarán presentes a la vista el trigo, la cebada, la avena (los cereales), paisajes de granos, alimento cotidiano de personas y animales. Mas, ay, “El mismo sol, idénticas noches,/ sin jueves ni semanas”. Siempre igual, siempre, siempre. Sale el sol y se oculta; llega la noche y desaparece. Todos los días es lo mismo; nunca pasa nada especial. El sol con las noches marcan un tiempo inamovible. El jueves, día central de la semana no existe, como tampoco existen las semanas. Son versos sencillos y clarividentes estos últimos, bien explícitos. Sólo el clima, calor o frío, hará cambiar los hábitos de los hombres y mujeres de El Peralejo. ¿Qué hay, entonces, de diversión entre sus gentes? Especialmente una y “grande”, “es sólo fiestas de estrellas”. Aquí sí; los habitantes pueden contemplar nítidamente en las limpias noches la maravilla de las maravillas, el mundo mágico y festivo que organizan los seres “vivientes” en la bóveda celestial; sin gases, sin ruidos, sin luces eléctricas podrán participar de la visión cósmica, clara y nítida de esa fiesta mayor del universo. La fiesta de las estrellas. Y los niños podrán unir a esa fiesta grande de las estrellas otras diversiones, el “cábiro” para niños, las “cinco chinas” para niñas1. Con el “sueño de baraja” el autor evoca al “rey de lejos..., caballo de perdigón.../ sota de leña.../ trío de dedos...”. Por soñar, sólo se podría soñar con el naipe, las cartas, con la fortuna de la suerte. Ni siquiera esto tan español les estaba permitido a una sociedad creada sólo para el trabajo. La baraja es considerada como un vicio inaceptable. El rey está lejos; algo que no conocen porque tampoco les ayuda.

Para carreras de caballos ahí están los perdigones (jóvenes perdices), éstos son los únicos que corren por las lomas y cerros de El Peralejo. La sota naipera aquí se transforma en una rama de leña, y para un trío de cartas, el “peralejeño” sólo puede practicar el trío contando con los dedos. “En el fogón el amor del puchero canta”. Aquí en este bellísimo verso el autor utiliza puchero por cocido. En el fogón (hogaril), espacio donde se halla el fuego (lumbre), arde la leña y junto a las ascuas que produce ese fuego se arrima el puchero de barro con los garbanzos cociendo todo el día. Se ha de echar agua de tiempo en tiempo, y al cocer el caldo, éste “canta” y va disminuyendo, se le añade más agua, y sigue cantando. Porque el fogón en el hogar es “el todo” de estas casuchas. Sirve de cocina, sala de estar, de convivencia familiar, de cariño..., y a veces incluso de dormitorio echando sobre el suelo un saco de paja para dormir. Es la misma vida la que canta aquí, en el hogar, donde está el fogón que alimenta a la familia, física y espiritualmente. Y El Peralejo es “como un grillo callado,/ una mítica, silen- ciosa estampa,/ un cortijo descortijado,/ una comuna de labriegos,”. No se concibe, es por tanto una contrariedad, que un ortóptero de esta guisa esté callado. Aquí nadie protesta por muchos motivos que haya, la ignorancia es la base de ese silencio; es un pueblo como grillos silenciosos; de mutismo total. Y aparece también el mito, el mito de la estampa silenciosa. La imagen callada, fija, sin rumbo y sin futuro. Un cortijo asimismo que no es un cortijo, cualquier otra cosa; casuchas sin rumbo, apelotonadas, sin planificación racional. Por lo que respecta a los labriegos, son un grupo de campesinos o labradores sin futuro ni esperanza alguna de mejora, simplemente dejar que el tiempo pase sin ningún tipo de esperanza de progreso, sólo se aspira a sobrevivir, tan sólo a eso. Pero hay algo más, cada uno piensa en lo suyo propio; “montes, pájaros, almendras...”.

El Peralejo es un campo de cerros, de aves voladoras, de árboles salvajes o árboles cultivados en los pequeños huertos, donde el almendro es paradigmático, el rey de esos Huertos. “Dos mulos machos, guijarros como puños/ y todavía con el arado romano al cuello”. Mulos machos: son sin duda los “reyes” del trabajo en El Peralejo, compañeros (yunta) inseparables del labriego y base de esta anquilosada estructura social. “Guijarros como puños”. El terreno de El Peralejo es áspero y duro, un campo cuajado de pedruscos que dificulta el trabajo cotidiano del labrador. “Y todavía”, ay, cuánto encierra ese todavía en castellano, “con el arado romano al cuello”. La historia sigue, pero quien usa el arado romano permanece en un pasado lejano, además le oprime “el cuello” como represión. Es por tanto una sociedad anclada en el pasado sin poder escapar; sin perspectivas de progreso, una sociedad de subsistencia, amordazada por ignorancia manifiesta y tal vez también por penuria mental.

Su única y “progresiva” ruptura no será otra sino la emigración hacia la ciudad, a cambiar de vida. Ese será otro cantar. Aún con dificultades habrá cambios, habrá ilusiones, habrá esperanza en mejorar, y...todos mejorarán desde el punto de vista como ciudadanos libres en el tiempo. El autor se siente inmerso en esa misma sociedad que denuncia, que marca unos límites concretos, los límites que contornan la finca de El Peralejo. Andrés García Madrid, concluye como definición suprema, que él es El Peralejo, el hombre de carne y hueso sometido a todo tipo de privaciones y a una máxima de conducta: el trabajo y otra vez el trabajo, siempre el trabajo. Andrés, dónde estés, quiero darte las gracias por habernos dejado este espléndido testimonio de tu conocimiento, tu sensibilidad, tu bondad, tu fe en el hombre y tu filantropía, y por encima de todo con tu denuncia social.

Y quiero añadirte algo más, deseo confesarte que “yo también soy ‘aquel’ El Peralejo”, que tan bien has recreado. Tras este preámbulo en el que podríamos concentrar toda la primera parte del libro como un único epifonema, pues resume todo lo que irá después; nuestro autor nos irá presentando escenas diarias de ese mundo, desgranando las miserias que azotan al labriego, que a su vez nada “quiere” o nada “puede” hacer frente al “destino” marcado de antemano, siendo éste el que le ha tocado en suerte. Al final ese “peralejeño” romperá con dificultad y optará por abandonar el campo para buscar una nueva vida más “amable” en la ciudad.
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Re: LAS CÁBILAS

Mensaje  camome el Miér 6 Feb - 15:36

EL PERALEJO

Andrés García Madrid

EL PERALEJO es:
como un reloj, grande y redondo;
como un jardín en flor de jaras.
Entre nubes y espumas,
en la atalaya última de los cerros,
casucas de piedra,
peladas y picudas,
como nidos de águilas.
El Peralejo es:
como un amanecer de lomas,
de cerros cereales.
El mismo sol, idénticas noches,
sin jueves ni semanas,
es sólo fiestas de estrellas,
día de “cábiros”, de “cinco chinas”,
sueño de baraja:
rey de lejos..., caballo de perdigón...,
sota de leña..., trío de dedos...
En el fogón el amor del puchero canta.
El peralejo es:
como un grillo callado,
una mítica, silenciosa estampa,
un cortijo descortijado,
una comuna de labriegos,
montes, pájaros, almendras...
Dos mulos machos, guijarros como puños
y todavía con el arado romano al cuello.
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