LEYENDAS DE GUADALMEZ

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Re: LEYENDAS DE GUADALMEZ

Mensaje  Kafka el Miér 16 Nov - 20:25

Me están gustando todas las leyendas, pero estas dos últimas, la de la Peña del Cuervo y la de La Mina, con esos curiosos personajes, los morgos, me resultan bastante interesantes. Lo he estado hablando con Camome, y habría que sacarle provecho a eso de los morgos de alguna manera, bien creando una ruta turística, celebrando la Noche de San Juan con hogueras y disfraces, vendiendo merchandising de los morgos,..., no sé, hacer algo que le podamos sacar algún beneficio.
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Kafka

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LA LEYENDA DE LOS CUATRO DE PALACIO

Mensaje  camome el Jue 24 Nov - 1:54

Hubo un tiempo que Guadalmez apenas era tres calles y algún que otro callejón, con una pequeña iglesia, que más parecía una ermita, una plaza, un pósito y una barca de madera para cruzar el río. Pero esa aldea también tenía un palacio, una gran casona junto a esa pequeña iglesia con tantas chimeneas como el resto de la población, y que habían mandado construir los marqueses de Comares para que nadie dudara quienes eran los señores de esas tierras. Unas tierras ricas regadas por el río Guadalmez, sobre todo la Vega de Valdesapos y todos los quintos unidos a ella, que desde tiempo inmemorial los marqueses arrendaban a los aldeanos, y que estos poseían como propias desde que el Virrey de Navarra, Don Diego Fernández de Córdoba las hubiera otorgado a los mismos a través de un censo enfitéutico, a cambio de una renta anual de 30.000 maravedíes, que todos los meses de septiembre, para el día de San Miguel, los aldeanos debían abonar a las arcas del marquesado, obligación que se cumplía como si de un precepto religioso se tratara.

Por eso extrañó al alcalde, regidor, alguacil y depositario de las llaves del Pósito el que fueran convocados a palacio, el mismo día que se había conocido la llegada del marqués a la aldea. Pero la orden del criado era clara, debían acompañarle a presencia de su excelentísimo señor sin demora alguna. Conducidos a un gran salón, como no había otro en la aldea, con paredes cubiertas de coloridos azulejos y techumbre de madera labrada, hallaron al marqués sentado junto al fuego de una chimenea con su leal galgo a los pies, y tras postrarse y hacer las reverencias oportunas ante su señor, esperaron a que éste les hablara. Al marqués se le veía enojado, porque el día de caza no había sido muy fructífero, y sin rodeo alguno les demandó por la causa o razón de que aún no hubieran pagado los maravedíes a los que estaban obligados, a lo que los representantes de los vecinos de la aldea respondieron que, como todos los años acostumbraban, los maravedíes habían sido enviados a su palacio cordobés a finales del mes ya vencido y que no conocían otra respuesta para lo que su señor del demandaba.

El marqués, no queriendo dar crédito a estas razones, mandó a sus criados que encerrasen a los aldeanos en la bodega de palacio, hasta que el frío y la humedad les soltaran la lengua. Pero esa misma tarde la llegada de un mensajero obligó al marqués a partir de nuevo hacia Córdoba donde asuntos de gran importancia le aguardaban, y dejó a uno solo de sus criados para guardar la casa.

Quiso el destino, cruel e injusto, en muchas más ocasiones que a los mortales nos gustaría, que aquel criado que había quedado al cuidado de los prisioneros y de la hacienda de su señor, se despeñara en un cerro cuando venía de traer leña, y que su boca no tuviera el tiempo suficiente para contarle a los pastores que fueron a socorrerle, que en la bodega de palacio quedaban cuatro personas encerradas sin pan ni agua que llevarse al estómago.

En la aldea se comentó lo raro de que aquellos cuatro vecinos, los designados para el buen gobierno de la población, no hubieran vuelto aún a sus casas, y se quiso pensar que había sido deseo del marqués que le acompañaran en su viaje. También al marqués había sorprendido, pero gratamente, encontrar el cofre con los 30.000 maravedíes sobre la mesa de su escribanía al llegar a Córdoba. Cuando regresara a la aldea, ya devolvería la libertad a aquellos labriegos, a los que de seguro, no les vendría mal catar una cucharada de las consecuencias que incumplir las promesas hechas a su señor acarreaba.
Por más que porfiaron, suplicaron y rezaron al Altísimo, para que alguien acudiera a paliar la sed y el hambre que les atenazaba, ni un alma acudió en su auxilio, y cuando hubieron acabado con el poco vino que aquella bodega guardaba, no tuvieron fuerzas suficientes para seguir con sus demandas. Poco a poco fueron languideciendo hasta que el último aliento, que salió de unas gargantas roncas y resecas, les abandonó. Allí quedaron sus cuatro cuerpos alfombrando el húmedo suelo de aquel lúgubre sótano.

Tiempo después, con la noticia del regreso del marqués a Guadalmez, todos los vecinos acudieron a la entrada de la aldea, más por volver a ver a los suyos, que suponían acompañarían al marqués en el retorno, que por dar la bienvenida a su señor, pero la desilusión no pudo ser disimulada por los vítores y clamores, cuando no reconocieron sus caras entre el séquito. Al llegar a palacio y no encontrar a su criado esperándole y con las puertas abiertas, fue informado de su malograda salida a por leña, y como había sido enterrado, como Dios manda, en el camposanto que había junto a la iglesia. El marqués ya no se acordaba que no sólo había dejado a un criado en palacio, sino a cuatro de sus vasallos encerrados en la bodega, y no fue hasta que encontraron los cuerpos en el suelo cuando tal hecho vino a su memoria. ¿Qué iba a decirles ahora a los aldeanos? Si éstos no habían socorrido a sus vecinos es porque nada sabían, y por tanto no se le ocurrió mejor manera de salir de aquel atolladero que mandar a sus criados a que contaran en la plaza que desgraciadamente, cuando iban de regreso a Córdoba, acompañados por los cuatro labriegos, fueron asaltados por unos golfines que merodeaban por aquellas sierras, y éstos, con valentía y ardor, habían sacrificados su vidas para mantener a salvo la de su señor.

Al día siguiente, ya estaban de nuevo los criados cargando el equipaje en los carros y tomando la dirección de la ciudad a orillas del Guadalquivir, y nunca más se volvió a ver al marqués por aquellas tierras. Sus criados comentaban que jamás olvidarían aquella noche en la que cuatro espectros se aparecieron a su señor demandándole respuestas de por qué ya no podrían seguir disfrutando de la vida que habían tenido junto a sus mujeres e hijos, bajo aquel sol de la aldea que les había visto nacer. “Ahí tienes tú dinero, devuélvenos la libertad”, le repetían una y otra vez a un marqués al que parecía que la sangre había dejado de circular por su cuerpo.

Un pavoroso incendio se declaró, en la otrora opulenta casona-palacio, una fría noche de invierno, y muchos fueron los vecinos que acudieron a echar una mano a los criados que se afanaban en sofocar las llamas, ante una escena dantesca, donde gritos de dolor competían con el crepitar del fuego, mientras éstos aseguraban una y otra vez que ya no quedaba nadie dentro. El fuego se había originado en la vieja bodega y cuando consiguieron extinguirlo, apenas unas dependencias quedaban en pie.

Durante años, quedaron aquellas ruinas renegridas abandonadas, hasta que los marqueses vendieron el solar a la familia Caballero de la Bastida, unos ricos terratenientes de la villa de Chillón, que volvieron a reedificar sobre él, una casa. Pero poco fue el tiempo que la habitaron, porque según contaban, en la misma ocurrían cosas muy extrañas, y en el silencio de la noche, se escuchaban voces y lamentos que le ponían a uno los pelos de punta. Otros fueron sus moradores, y todos compartían las mismas historias: voces, ruidos e incluso alguna que otra aparición. La Casa Quemada, como era conocida, estaba maldita, y lo mejor era no acercarse a ella.

Aún hoy, en nuestros días, hay quien sigue asegurando haber sentido extrañas presencias o inexplicables voces, entre sus paredes, y todo ello, hasta que una pala metálica, volvió a reducir la casa a escombros.
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EL DILEMA DE LAS GOLONDRINAS

Mensaje  camome el Jue 24 Nov - 19:48

Quien se haya criado en un pueblo agrícola, es consciente de la importancia que tiene la caprichosa climatología a la hora de definir un año bueno y provechoso de otro malo o calamitoso, e igualmente sabe que cuando la tierra ha dado frutos en demasía, éstos deben ser, en parte, almacenados para cuando la naturaleza se muestre menos generosa. Con ello se entra en un círculo que persigue asegurar el abastecimiento y evitar las consecuencias nefastas de un año de carestía. Y todo ello, como si de una ley natural se tratara, es observado de padres a hijos, respetado y aplicado cual obligación sagrada.

A tenor de este inciso, me viene a la memoria un cuento que escuchara siendo niño, y que explicado para que un público infantil lo entendiese, pretendía ir educando a la audiencia en una forma de vida que respetara, el día de mañana, esta ley sagrada.

Contaban los más viejos que un año de abundantes lluvias en el valle, hizo que apareciesen multitud de mosquitos, moscas, hormigas haladas y demás insectos, que revoloteaban por doquier y que alegraron sobremanera a la comunidad de golondrinas.

Éstas nunca habían visto tanto alimento a su alcance y la felicidad que las inundaba hizo que unas golondrinas tomaran un camino y otras, el opuesto. Es decir, ante la abundancia de comida, que aseguraba una plácida vida, hubo golondrinas que decidieron seguir alimentándose como antes e ir almacenando los excedentes en sus nidos, o en nidos almacén que construyeron al efecto, para cuando la temporada no fuera tan propicia. Para otras, si este año había sido tan lluvioso ¿por qué no lo iban a ser los siguientes? Con lo cual, había que disfrutar de lo que se tenía y aprovecharlo al máximo. Comían todo lo que les apetecía hasta quedar plenamente satisfechas, e incluso intercambiaban alimentos con las otras golondrinas a cambio de que éstas les construyeran nidos más grandes y confortables, equipados con las mejores plumas traídas de los rincones mas lejanos del valle. A otras encargaban la tarea de encubar sus propios huevos para no tener que estar encerradas durante dos semanas en el nido, y gracias a ello disfrutar de ese tiempo volando de un lugar a otro, conociendo todos los rincones de aquel valle. Incluso, como envidiaban la majestuosidad del águila, y tenían los medios para ello ¿por qué no imitarlas? Y así fue como se mandaron fabricar unas grandes alas de lino, picos curvos de porcelana y garras de metal, para sobrevolar desde las grandes alturas aquellas tierras, como si de las mismas reinas de las aves se tratara.

Pero a aquel año de lluvias le siguieron años de sequía, y los mosquitos, moscas, hormigas haladas y demás insectos, no aparecieron por el valle, por lo cual, no había alimento para poder seguir manteniendo su sueño de ser como las águilas, ni tampoco para poder aplacar el hambre que las atenazaba, y ahora eran ellas las que miraban con envida a las otras golondrinas que habían almacenado esos alimentos y que no tenían que pasar las necesidades por las que ellas estaban pasando. De nada servían sus nidos más grandes, sus alas de lino, sus picos de porcelana o sus garras de metal, cuando era el hambre el que llamaba a sus puertas. Y es que aunque haya días que el sol nos haga brillar como estrellas o el viento nos eleve como a una cometa, uno no debe olvidar quien es y de donde viene.


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LA LEYENDA DE LA FUENTE DE LA VÍBORA

Mensaje  camome el Mar 29 Nov - 18:26

LA LEYENDA DE LA FUENTE DE LA VÍBORA

Muchos son los cuentos y leyendas, que aún con una base tradicional, es a la imaginación a quien más hay que reconocer su autoría. Pero en otros casos, la tradición oral se ciñe de manera más escrupulosa a la realidad de unos hechos, que son narrados tal y como aquella gente, en aquel tiempo, los vivió. Es en este grupo donde deberíamos incluir la historia de la Fuente de la Víbora, ya que en ella aparece incluso un personaje real, un gran médico, que dedicó todo sus saber y su tiempo, a unos vecinos, sin distinguir entre los que tenían o no el “igualatorio médico”, Don Antonio García Bermejo.

Había en Guadalmez, hace años, un matrimonio que vivía en una humilde casilla de campo, en el Peralejo, un matrimonio que acababa de ser bendecido con el nacimiento de su primer hijo varón, un bebé que había pesado casi cinco kilos al nacer.

El hombre, como cada mañana, tomaba su zurrón con la comida, y partía con las cabras hacia las laderas de la sierra, para no regresar hasta que el sol comenzaba a ocultarse detrás del Torozo. Y la mujer, que se afanaba en la tareas domésticas y en ir a recoger agua a la fuente, cuando terminaba de comer, gustaba de sentarse en una vieja mecedora, bajo la parra que daba sombra a la casa, para echar una siesta, mientras daba de amamantar a su bebé.

Pero algo comenzó a preocupar a esta mujer, y es que cada vez que terminaba su siesta, cuando miraba a la carita de su bebé, con la dulzura que sólo el amor de madre imprime en la mirada, la descubría hinchada y amoratada y con restos de tierra en sus labios. Aún había algo que la ponía más nerviosa. De un tiempo a esta parte, el bebé, que había nacido muy hermoso, comenzaba a perder peso, lo que no tenía explicación, porque ella le daba el pecho con bastante frecuencia. Consultándolo con su marido, y consciente éste del miedo que atenazaba a su mujer, no dudó un momento en acercarse al pueblo, para consultar el caso con D. Antonio, el médico.

Lo que tardó D. Antonio en recoger el maletín, y subidos los dos en las bestias, se dirigieron hacia el Peralejo por el camino del Puerto. Al llegar a la casa, el galeno estuvo observando al niño y le llamó la atención los restos de tierra en su boquita, así como el tacto oleaginoso de sus labios. También unas marcas ondulantes en el suelo, atrajeron su mirada. Pidió a la madre que le enseñara el pecho, y un par de diminutos puntos rojos le confirmaron el diagnóstico. Nunca en su vida había visto algo semejante, y lo cierto es que escapaba a toda lógica, pero la tozuda realidad estaba ante sus ojos para recordarle que en esta existencia terrenal uno no deja de sorprenderse. El niño estaban sano, y no le aquejaba dolencia alguna, algo de hambre sí tenía, y eso explicaba la pérdida de peso. ¿Hambre?, pero si la madre le daba el pecho siempre que la criatura lo requería. Y eso el médico no lo ponía en duda, pero lo que la madre desconocía es que no sólo estaba amamantando a su bebé, sino que hacía lo mismo con una víbora. La culebra aprovechaba los momentos de la siesta, cuando la madre se quedaba dormida dando de mamar a su hijo, para reptar hasta su pecho, introducir su cola en la boca del infante, para que no llorara, de ahí el color amoratado y los restos oleaginosos en sus labios, y ocupar su lugar en la succión del pecho.

Para confirmar las sospechas, decidieron que la madre repitiera esa misma tarde todo el ceremonial de la siesta, mientras su marido y el médico, esperaban agazapados, detrás de una mesa, la llegada del visitante. Como todas las tardes, la víbora salió de entre unos matorrales y se dirigió hacia su manantial lechoso, y antes de que pudiera llegar a culminar su propósito, ya había sido atrapada por unas tenazas que sujetaba el padre e introducida en la fuente que había cerca de la casa, para que allí pudiera mamar hasta que reventara. A partir de entonces, aquella fuente donde había perecido el sibilino animal, fue conocida por todos como la fuente de la Víbora.



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LA LEYENDA DEL MOLINO

Mensaje  camome el Jue 1 Dic - 19:41

LA LEYENDA DEL MOLINO

Más de un siglo hace que las aguas del río Guadalmez, con su sonido cantarín, ya no mueven las piedras del viejo molino, y ese mismo silencio ha desterrado de la memoria de los hombres la historia de lo que allí pasó.

Se contaba, por aquel entonces, como algo extraordinario, la riqueza que llegó a amasar el molinero, un tipo huraño y solitario, con fama de vago, y que de la noche al día, pasó de sestear la mayor parte del tiempo, llegando incluso a rozar la miseria, a estar moliendo todas las horas del reloj, y ver como se acrecentaba su fortuna. De todos los pueblos vecinos venía gente a moler su trigo a este molino, por la rapidez con la que trabajaba su molinero.

Hubo quien aseguraba que todo era muy extraño, porque durante el tiempo que se suponía al molinero trabajando, más de uno le había visto borracho, durmiendo la mona, bajo la sombra de las adelfas, o encerrado en su cuarto, contando las monedas que iba acumulando.

Luego se supo que al descreído molinero, se le apareció una noche el mismo demonio, que acudió cuando éste estaba despotricando contra todo lo sagrado, y le propuso un acuerdo: nunca más tendría que volver a moler grano y en cambio, vería su fortuna crecer, pero a cambio, el molinero le entregaría su alma inmortal. Con su propia sangre firmó el documento del pacto, en la creencia de que todo aquello era sólo un sueño, pero al día siguiente, cuando se disponía a poner en marcha el mecanismo que hacía girar las piedras del molino, descubrió que éste ya estaba en funcionamiento y que los sacos de granos se iban vaciando y llenando por sí solos. Aquello era cosa de brujería, porque el grano se molía por sí sólo y él no tenía que mover un dedo. Si el sueño había sido verdad, ahora solo le quedaba disfrutar de los placeres de la vida, y en ello se afanó los siguientes años. Como bien le había dicho el demonio, su bolsa se llenaba de monedas y él tenía todo el tiempo del mundo para disfrutar de ellas, pasando a ser el vino, las siestas y la buena mesa su principal ocupación.

Así pasó largos años, llevando la vida de un rico hacendado, hasta que cierto día se encontró junto a la orilla del río con un carnero solitario que por allí pastaba. Cuando se acercó a él para espantarle, éste le habló en la lengua de los hombres, y le recordó que había venido a cobrar su parte del acuerdo. Cuando el molinero oyó esta demanda, se puso blanco como la cera y comenzó a sudar, un sudor frío que le corría por todo su cuerpo y que le hacía estremecerse. No quería seguir escuchando aquello y salió corriendo, para alejarse de aquella bestia. Al intentar cruzar el río por una chorrera, su pie resbaló y cayó al agua, con la mala fortuna de golpearse en la cabeza con una de las piedras. Pronto el agua comenzó a teñirse de rojo, y el cuerpo del molinero a sumergirse en ella. Días después, encontraron su cuerpo, hinchado, varado a la orilla del río. El molinero se había ahogado, y no dejaba heredero alguno para su fortuna. Nadie en el pueblo vertió una lágrima por él, aunque tampoco nadie hizo ascos al reparto de su dinero entre todos los vecinos.

Pero con la muerte del molinero no acababa la historia, porque el mismo día que le enterraron, cuando el sol comenzaba ya a ocultarse y las sombras se adueñaban del valle del Guadalmez, en el molino se seguía moliendo el grano, y la luz se escapaba por sus ventanas, mientras que según algunos testigos, una sombra, oscura y tenebrosa, era la encargada de ir vaciando los sacos de grano en la piedras del molino, y de recoger la harina que éstos iban produciendo, para volverla a guardar en otros sacos que iba apilando junto al muro.

Esa sombra no era otra que el alma del molinero, condenada por toda la eternidad a trabajar en el viejo molino, por no haber querido hacerlo en vida, malgastando su tiempo en placeres, que sólo son agradables cuando se disfrutan en pequeñas dosis.

Los vecinos, temerosos de aquel prodigio, que no podía ser otra cosa que obra del diablo y de espíritus malignos, decidieron derruir el molino, y no dejar piedra sobre piedra, para ahuyentar de allí a aquella sombra. Pero aún solo quedando los cimientos de aquella construcción, hay quien asegura que se sigue escuchando el roce de las piedras y el batir de las palas, junto al canto de los grillos y el croar de las ranas. Sólo hay que concentrar el oído en las noches serenas.
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LA MALDICIÓN DE DOÑA JUSTA

Mensaje  camome el Miér 1 Feb - 1:02

LA MALDICIÓN DE DOÑA JUSTA

¿Por qué ningún guadalmiseño se aventura a permanecer en el pantano de la sierra o del Burraco, una vez que se ha puesto el sol? Hay un rincón idílico en la sierra de Guadalmez, rodeado por alcornoques y enebros, y con un pequeño lago artificial, a los pies del llamado pico de Doña Yusta o Justa, que pese a su belleza natural, todo el mundo evita acercarse a él, cuando las sombras de la noche se van adueñando del ambiente.

Y es que una vieja leyenda cuenta que cuando los cristianos expulsaron definitivamente a los moros de Capilla, algunas familias corrieron a refugiarse a la hacienda de una rica viuda con fama de conversa, Doña Justa, que en este mismo paraje se levantaba. Como antigua profesante de la religión mahometana, pensaron los moros que allí encontrarían seguro refugio, y a sus puertas llamaron para evitar la persecución de los cristianos.

Abrioles la puerta Doña Justa, y permitió que a su casa pasaran, pero proteger a esta gente, la ponía a ella en un duro aprieto, pues siempre caerían sobre ella las sospechas de que en realidad no había abandonado su antigua fe. Por ello, se acercó al palomar, y ató a la pata de una paloma un mensaje para las huestes cristianas, indicándoles el refugio de estos moros huidos.

Cuando los soldados cristianos rodearon la casa y comenzaron a masacrar a los que allí habían buscado refugio, uno de aquellos moros se percató de la traición de Doña Justa, y con espada en mano se dirigió hacia ella:

- Doña Justa, nada malo hemos hecho, sino abandonar nuestra tierra y nuestras casas, y no querer renunciar a nuestra religión, que es la de nuestros padres. Hemos venido a tu casa en busca de salvación, pero tu mala conciencia nos ha conducido al degolladero. Muere con nosotros, pues nunca has dejado de ser uno de los nuestros, y que el símbolo de nuestras creencias, la media luna, se pose por las noches sobre tu tumba, para que ni siquiera en el inframundo, tu alma encuentre la paz.

Agarrándola por el cabello, el moro cortó la garganta de la viuda, que cayó al suelo como un fardo inerte, antes de ser atravesado él mismo, por la lanza de un caballero.

Terminada la matanza, en la que no se distinguió entre hombres, mujeres y niños, los cristianos, al hallar el cuerpo sin vida de Doña Justa, decidieron darle sepultara allí mismo, a los pies del pico más alto de la sierra, y desde entonces, aquellas alturas recibieron su nombre.
Durante siglos, la maldición del mahometano no llegó a cumplirse, pero como caprichosos son los deseos del destino, no hace muchos años, decidieron los vecinos de Guadalmez aprovechar las fuentes que en aquellos parajes había y hacer con ellas un pequeño embalse que les asegurase el suministro de agua en los tórridos estíos.

Aquella masa de agua cubrió la tumba de Doña Justa, y las noches de luna creciente o menguante, el símbolo de la fe de Mahoma se mecía sobre la sepultura donde descansaba la viuda. Por ello, esas mismas noches, cuando la luna aparecía sobre el firmamento y se reflejaba en las aguas, un grito atroz se escuchaba entre los alcornoques y enebros, y la figura de una mujer surgía de las mismas aguas para deambular, como espíritu en pena, hasta que la claridad del amanecer, difuminaba la figura de la luna reflejada, para volver a descansar en la tierra.

Por eso, ningún guadalmiseño quiere acercarse a ese paraje las noches de luna, y prefieren que el espíritu de Doña Justa, siga vagando en soledad, hasta que algún día llegue a purgar sus culpas.
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LA LEYENDA DE LA DESEPERADA

Mensaje  camome el Vie 3 Feb - 14:54

LA LEYENDA DE LA DESESPERADA

El día más feliz en la vida de Catalina había sido, sin duda alguna, su boda con Alonso, el joven cabrero del que había estado enamorada desde que era una niña. Porque Catalina, al nacer, había sido abandonada por su madre a las puertas de la pequeña iglesia de San Sebastián, en la aldea de Los Palacios de Guadalmez, y creció sin el amor de unos padres que la librara de la soledad a la que parecía condenada. Era una expósita que no importaba a nadie y que nadie se preocupaba por ella. Así fue hasta que conoció a Alonso, un joven aldeano que comenzó a interesarse por la pequeña Catalina, y a la que con su compañía y trato, lograba arrancarle más de una sonrisa.

Fueron años de dicha y de sensaciones maravillosas los pasados junto a su adorado Alonso, la única persona que tenía en este mundo: los paseos junto al río y las excursiones a la sierra, las comidas familiares de los domingos, las frías tardes de invierno junto a la lumbre, la boda y su primer hogar, una pequeña casilla, limpia y aireada, a las afueras de la aldea, en las escarpadas pendientes de Sotogordo, allí donde el río Guadalmez se acerca a los cerros y lame sus pies. En ese bucólico rincón trascurrían los felices días de Catalina y Alonso, dedicados al cuidado de las cabras. junto a su marido, y de las faenas de la casa, a la espera de que Dios los bendijera con la llegada de su primer benjamín.

Pero los asuntos del Rey de España en aquellas lejanas tierras de Flandes no iban como al monarca le gustaría, y su regia voluntad decretó una leva en Castilla para aportar más hombres a los tercios que allí peleaban contra los revoltosos flamencos. Alonso fue uno de los llamados a la guerra, y su escasa hacienda no pudo cambiar la suerte de soldado, como hicieron otros mozos en la aldea. A Catalina se le heló el corazón, aquello era igual que una sentencia de muerte, porque pocos eran los que regresaban de aquellos húmedos parajes con vida.

Sólo una persona ,entre todos sus vecinos, tenía el capital suficiente para ayudar a Alonso en este trance, el alcalde de la aldea, y a él recurrió el joven matrimonio esperanzado en cambiar el rumbo de sus vidas. Pero este personaje siempre se había sentido atraído por Catalina, aunque debido a su condición de expósita, jamás osó proponerle matrimonio, y quiso ver en esta desgracia una señal divina para enmendar su error, y así, muerto Alonso en Flandes, poder volver a desposar a su viuda. Se excusó en lo mal que le habían ido los negocios en los últimos años para negarles el dinero, y únicamente se ofreció para dar techo y comida a Catalina, mientras Alonso estuviera en la guerra.

Dos noches estuvo llorando desconsoladamente Catalina, sin poder conciliar el sueño, hasta que Alonso partió hacia la Corte, en Madrid, donde debía reunirse con el resto del ejército. En el mismo momento que la silueta de Alonso se perdió en la lejanía, se secaron las lágrimas de Catalina y un fuerte estremecimiento pareció trasformarle el corazón en dura roca. A partir de entonces se la veía vagar, como traspuesta, por las orillas del río, sin preocuparse del rebaño de cabras o de la casa, y sin prestar atención a los ofrecimientos de sus vecinos.

Unos meses más tarde, una clara mañana de abril, alguien la vio adentrarse en las aguas del Guadalmez y sumergirse en sus profundidades. El río devolvió su cadáver unas horas después, en la orilla donde crecían los nenúfares.

Contaron los pocos supervivientes que regresaron a Castilla tras la campaña de Flandes, que mientras intentaban asaltar una ciudad rodeada de canales, muchos de ellos fueron mortalmente heridos, y en especial, un joven, oriundo de los últimos confines del reino de Córdoba, que al caer al suelo tras recibir una bala, fue atendido por una bella mujer, que había surgido de las mismas aguas de los canales. Permaneció junto a aquel joven, abrazándole y susurrándole palabras al oído, hasta que el desdichado expiró. Aquel joven no era otro que Alonso, que murió con una dulce sonrisa en su rostro al escuchar de labios de Catalina, como su amor había vencido a la misma muerte.

Hoy en día, aquel monte bañado por el Guadalmez, y donde se levantara el hogar de Catalina y Alonso, recibe el nombre de Cerro de la Desesperada.
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LAS CUEVAS DE ANDRÉS

Mensaje  camome el Mar 7 Feb - 14:23

LAS CUEVAS DE ANDRÉS

Ni siquiera la incansable lluvia, que hacía días, azotaba el pueblo, hizo desistir a mis amigos de su intención de ir a coger las aceitunas. Para eso habían pedido unos días en el trabajo, y no podían desaprovecharlos. Así pues, yo que tampoco tenía nada importante que hacer, decidí irme con ellos para pasar el día en el campo, aunque fuese pasado por agua. El caso era disfrutar de aquellos momentos en buena compañía, y siempre sería mejor, que ver caer la lluvia a través de los cristales de una ventana.

Estos amigos tenían una cerca en el Morante, a los pies del cerro Abulagar, y cargados con las mantas y las varas, y sobre todo con unas fiambreras repletas de tortillas y matanza, hacia allí nos dirigimos.

Mientras unos se dedicaban a varear el olivo, otros íbamos cogiendo las aceitunas que caían fuera de las mantas o aquellas tozudas que no se habían desprendido de las ramas, tras la sacudida de la vara. Lo cierto es que para alguien que no está acostumbrado, es una labor que luego pasa factura a los riñones y uno no se libra de las temibles agujetas.

Así transcurría la mañana, hasta que la lluvia comenzó a arreciar, y decidimos refugiarnos en las cuevas de Andrés, unas cavidades rocosas en lo alto del cerro, donde podríamos guarecernos hasta que el tiempo escampase. Al subir hasta allí, las vistas del valle eran sobrecogedoras, y sobre todo, impresionaba ver el caudal del río Guadalmez, que parecía que iba a desbordarse en cualquier momento. Desde luego, la naturaleza no deja nunca de sorprendernos. Con ese tiempo, y con esas vistas, lo mejor que podíamos hacer era parar a almorzar, y a esa tarea nos dedicamos con la intención de dar habida cuenta de los manjares que guardaban las fiambreras.

Atareados en esos menesteres, que parecen no desagradar a nadie, llegaron a nuestros odios unos extraños sonidos, como si de una repetitiva letanía se tratara. ¿Quién de vosotros tiene un tono de canto gregoriano en su teléfono móvil?. Pregunté al grupo de amigos. La expresión de sus caras ya me estaba dando la respuesta, nadie. Pero si aquello no era un tono de teléfono, ¿de donde nacían esos sonidos?.

Uno de los comensales, que parecía el menos sorprendido, afirmó que aquello era obra del fraile, y que no sólo se habían escuchado sus rezos, sino que más de un testigo aseguraba haber visto una figura con hábito marrón merodeando por aquellos parajes, en días de copiosas lluvias como éstos.

¡Anda, ya ¡, le contesté yo, por aquí no hay frailes, y que yo sepa nunca los ha habido, otras serán las razones. Mi amigo, muy serio, me respondió:

- En eso te equivocas, ¿conocéis las ruinas de un convento que hay entre Chillón y Almadén? Ese era el antiguo convento de San Antonio de Padua, fundado en el siglo XVI por Fray Juan de la Puebla, y administrado por la orden franciscana. Durante más de dos siglos, cuando la parroquia de Guadalmez carecía de cura, eran estos frailes franciscanos quienes se ocupaban de ella, y atendían las necesidades de sus feligreses. Si hacemos caso a lo que me contaba mi abuelo, siendo niño, hubo un tiempo que, estando atendida la parroquia por uno de estos frailes, fray Andrés, un temporal de lluvia parecía cebarse con la aldea. Llevaba días lloviendo con gran intensidad, sin que el sol hiciera acto de presencia, y el río llegó a desbordarse hasta las mismas puertas de la población, amenazando con engullirla de un momento a otro. Fray Andrés pensó que aquello era un nuevo Diluvio Universal, que mandaba el mismo Señor, para castigar los pecados de unos hombres que seguían sin aprender la lección, y decidió subir hasta estas cuevas para orar y suplicar a Dios que perdonara de nuevo a la humanidad. “…Attende Domine, et miserere quia peccavimus tibi… !, repetía una y otra vez, escucha, Señor, y ten misericordia porque hemos pecado contra Ti.
Quien sabe si el mismo Altísimo escuchó sus súplicas, pero lo cierto es que la lluvia cesó, y los primeros rayos de sol, desde hacía semanas, iluminaron el valle e inyectaron de nuevo la vida, en unos campos que parecían muertos. Fray Andrés pensó que, de momento, la ira de Dios había sido aplacada, pero que no se podía bajar la guardia, y por ello decidió quedarse en aquel paraje, orando y ensalzando al Señor, el resto de sus días, como un eremita, y así, salvar a aquellas gentes, del Apocalipsis. Los vecinos de la aldea, en agradecimiento, subían a menudo a las cuevas para llevar comida y mantas al fraile eremita, hasta que un día, no le hallaron rezando como de costumbre. Había desaparecido, sin dejar rastro. Lo curioso es que a partir de entonces, siempre que el río amenazaba con desbordarse, las cuevas se volvía a llenar de las plegarias y oraciones de Fray Andrés, y eso ha venido ocurriendo, ya os digo, según decía mi abuelo, hasta nuestros días.

Pues esta era la historia que nos contó mi amigo, y que explicaba, en cierta manera, aquellos extraños sonidos. Yo tengo que añadir, para ser sinceros, que los cánticos los oí, pero juro que durante aquellas horas, no llegué a ver ningún hábito franciscano, paseándose por estos lugares. Si esta historia fuera cierta, más que las cuevas de Andrés, habría que haberlas bautizado como las cuevas de Fray Andrés, pues parece claro que el monje nunca llegó a abandonarlas.
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EL VALLE MÁGICO

Mensaje  camome el Miér 8 Feb - 16:50

EL VALLE MÁGICO

Hubo un tiempo en el cual el hombre aún temía a la naturaleza, y para protegerse de las adversidades había desarrollado como un sexto sentido, que le permitía ser consciente de otras realidades. Aquí está la cuna de la mitología y de las leyendas. Y también hubo lugares, que por sus características especiales, estaban cargados de magia, como era el caso del Valle del Guadalmez. Pero la dictadura de la Reina Razón acabó con todo ello: el mundo estaba hecho a la medida del hombre, y por tanto, todo se debía conocer mediante la lógica.

En aquellos tiempos, los habitantes del valle del Guadalmez habían aprendido a convivir con otros seres, como los morgos, afanados en buscar tesoros, los raposillos, unos diminutos personajes que habitaban en el gran taray de la Alcantarilla, las ninfas y hadas del río o los temibles surrus, endiabladas criaturas escondidas en pozos y cuevas.

Pero toda esta convivencia se perdió cuando el hombre se hizo ante todo un ser racional, y los dos mundos quedaron separados por una frontera infranqueable, aunque ese muro no fue tan espeso en todos los lugares, pues en el Valle del Guadalmez, más de una vez se mezclaba lo real con lo mágico, y en él quedó una puerta abierta, el río Guadalmez.

En el triste y dolorido Guadalmez de posguerra, ese que todos recordamos en imágenes en blanco y negro, vivía Ramón, un niño solitario y soñador, que buscaba en los rincones de la fantasía la compañía y el cariño que su hogar y su pueblo le negaban. Nacido en una familia con problemas, con un padre más aficionado a la taberna que a su casa y su trabajo, y una madre desquiciada de los nervios, su extraño carácter le había convertido en el blanco de todas las burlas de sus compañeros, apartándole de una sociedad que no perdona la heterodoxia. Siempre se le veía sólo, jugando, paseando o yendo al colegio.

Cuando se acercaba la fecha de año nuevo, existía la costumbre entre los vecinos de anotar en un papel los deseos para el nuevo año e introducirlo en un sobre, que los más pequeños decoraban con los colores más vistosos, para luego, la tarde del 31 de diciembre, tomar el Camino de la Barca, y acercarse hasta el río, depositando en sus aguas los anhelos que esperaban ver cumplidos en el próximo año. Era creencia popular que la corriente arrastraba esos deseos hasta un lejano océano, donde todo era posible y todo se hacía realidad. También Ramón escribió sus deseos y se los encomendó al río, con la esperanza de que fueran escuchados.

Y en verdad, que lo debieron ser, porque al regresar a su casa, encontró sobre la mesita del dormitorio, el mismo sobre que acababa de lanzar al río. Al abrirlo no encontró la lista donde pedía cambiar este mundo en blanco y negro por otro en color, sino la siguiente anotación:

Cuando el Arco Iris toque el Guadalmez,
de sus aguas deberás beber,
y un tercer ojo se abrirá
para que otros mundos puedas ver.

No transcurrieron dos días, desde la entrada del nuevo año, cuando un fuerte chaparrón cayó sobre Guadalmez, y en la lucha de los rayos del sol por espantar los negros nubarrones, un colorido arco iris inundó de luz el valle. Para Ramón, aquello fue una señal, y corrió hasta las orillas del río, para descubrir que una de las patas de ese mágico arco nacía desde las mismas profundidades de su cauce. Eso era precisamente lo que decía la nota, que el arco iris naciese en el mismo río. Y sin dudarlo dos veces, tomando agua con sus manos en cuenco, le dio un sorbo.

En ese mismo momento, sus ojos comenzaron a descubrir a seres extraordinarios que se movían por ambas orillas, iban de un lado para otro, revoloteaban, jugaban, reían..., Ramón acababa de descubrir un nuevo mundo, donde la alegría parecía reinar y era seguro que ya tendría con quien jugar.

A partir de entonces, su vida transcurrió entre estas dos realidades, desplegando su imaginación en este mundo mágico, y aceptando los usos y comportamientos que la sociedad consideraba normales, en el mundo real. Todo ello fue así, hasta que, al hacerse mayor, y pensar como los mayores, el valle mágico volvió a ocultarse a sus ojos.
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LA MUERTE DE LAS NUBES

Mensaje  camome el Lun 30 Abr - 22:59

LA MUERTE DE LAS NUBES

Cuentan que gobernaba en las Españas su católica majestad, el tercero de los Felipes, aquella mañana que amaneció con un cielo blanco como la leche. No había una sola tonalidad azul que una pupila pudiera descubrir en todo el paisaje que la rodeaba. Ni siquiera las aguas del río Guadalmez lo reflectaban e incluso la vegetación presentaba un verde más apagado de lo normal. Los hombres habían salido al campo para atender las tareas agrícolas o cuidar de sus animales, y las mujeres se afanaban en limpiar las viviendas o ir encendiendo la lumbre donde pronto se balancearía el puchero con el guiso o la sopa de la comida. Era un día como tantos otros, salvo por el raro color que presentaba en firmamento, que a todos había llamado la atención.

A media mañana, el viento se había “echado” y ni tan siquiera una hoja se movía. Tampoco se oía el trinar de los pájaros. Tanta calma comenzó a despertar la curiosidad de los vecinos, que se miraban unos a otros sin atreverse a decir nada. Incluso los hombres que habían salido al campo, regresaron a la aldea, a la espera de acontecimientos, porque esa extraña calma no anunciaba nada bueno.

Así estaban las cosas, cuando de ese cielo que parecía estar encalado, comenzaron a precipitarse trocitos de algodón, que en las manos de los aldeanos, se transformaban en agua, pero que sobre las tejas y los campos, se iban acumulando y vistiéndolos de blanco. ¡Son trozos de nubes!, gritó un chiquillo asomado a la puerta de su casa. La mayoría de la gente, que había salido a la calle, asentía a las palabras del zagal y sus caras reflejaban la incredulidad de ver como esos fenómenos, que siempre estaban sobre sus cabezas y traían la beneficiosa lluvia, se estaban posando a sus pies, hechos añicos.

Los niños comenzaron a recoger troces de nubes y a experimentar con ellas, e incluso los hubo que buscaban entre ese manto blanco algún angelito caído, mientras los mayores se iban agrupando en corrillos por si alguien sabía dar una explicación a aquello. Eso no podía ser bueno, aseguraban algunos, si las nubes se estaban muriendo, ¿quien traería la lluvia, tan necesaria para la siembra? De la incredulidad se pasó al temor. ¿Sería esto el comienzo del Apocalipsis del que les hablaba el cura? ¿el día de Juicio Final estaba llegando? Eso sin duda tenía que ser; Dios les castigaba por sus pecados.

Para pecadora, María la Moracha, que tiene a todos nuestros hombres embelesados con sus vergonzosas insinuaciones, comentaba una mujer, de carnes secas y vestida toda de negro, a lo que le respondía otra que su marido buscaba fuera de casa lo que se le negaba en la alcoba. Al menos a su marido le gustaban las hembras, le respondía la primera, a lo que la segunda le replicaba que en eso tenían el mismo gusto. Para otro, la culpa era de Diego el tratante, el mismo que les compraba el grano y para quien el celemín y la arroba tenían una cavidad muy particular ¿Todo esto no lo habría acarreado Martín por empujar a su padre para quedarse con la herencia? Ni María ni Diego ni Martín tenían culpa de nada, sino la alegría y el desenfreno con que los vecinos celebraban las fiestas, esa y no otra era la razón del enfado divino, era la opinión de otros. En cada uno de los grupos, el culpable era una persona distinta, y escuchándoles a todos, más sensato parecía callar, que seguir desvelando las desvergüenzas del vecino.

Como no se ponían de acuerdo en a quien colgar el “sanbenito”, lo mejor era acabar con esta disputa preguntando al cura párroco por el feligrés más pecador, pero una viejecita apuntó que el señor cura había marchado a Córdoba a visitar a su sobrina. ¿Qué sobrina? se preguntaban algunos, si el cura no tenía hermanos. ¿No sería su pastor y su desatada concupiscencia la que estaba condenando al rebaño camino del precipicio? Seguro que Dios había montado en cólera por la licenciosa conducta de su sacerdote. Pero, ¿qué hacer para aplacarla? Lo mejor era peregrinar, en rodillas, hasta la ermita de Santiago de La Nava, y sacar al santo en procesión. Otros consideraban más efectivo hacer rogativas ante el altar de la Virgen de los Remedios de la Gavia, y había quien aludía en sacar al mismo Santísimo Sacramento por las calles de la aldea, mientras todos los vecinos se flagelaban a su paso. Si no había un chivo expiatorio para celebrar el sacrificio, todos tendrían que penar para obtener el perdón divino y que las nubes dejaran de caer en sus campos a trocitos, porque si las nubes se morían, nunca volvería la lluvia y el valle perecería por sed.

Al final se optó por una compleja solución, irían descalzos hacia el santuario de Santiago de La Nava, con la Custodia, la Virgen de los Remedios, San Sebastián y la Virgen del Rosario en andas, mientras se flagelaban y rogaban a Dios por el perdón de sus pecados.

En tan concurrida procesión se hallaban, entre cánticos y lamentos, cuando se cruzaron por el camino con los padres franciscanos del Convento de San Antonio, que venían a hacerse cargo de la parroquia, mientras el cura siguiera con su visita familiar a la ciudad episcopal, y quienes extrañados de tanto fervor religioso desatado, les preguntaron por la razón que les movía a ello.

Cuando los aldeanos contaron a los padres franciscanos que sólo buscaban aplacar la ira divina para que las nubes dejaran de caer a sus pies, éstos no pudieron contener sus carcajadas ante la inocencia de toda aquella gente. Pero hermanos, esto que los cielos nos envían no son trozos de nubes, sino nieve, les acertó a decir uno de los frailes, entre risas: a las nubes no les ocurre nada, pero hay fríos días de invierno, sobre todo en las zonas de montaña, que esas mismas nubes se juntan unas con otras, formando todo un cielo blanco, y en lugar de agua son copos de nieve lo que traen. Esta nieve es tan beneficiosa o más que la propia lluvia y en muchos lugares se asegura que un año de nieves es un año de bienes.

Nadie recordaba en la aldea de Guadalmez haber visto nevar hasta ese momento, ni siquiera los más viejos de lugar, pero algo les había quedado claro, mala cosa es cuando el hombre se deja dominar por la ignorancia y el miedo. En esas situaciones es capaz de cometer cualquier tropelía, y no hay como la experiencia y el conocimiento para alejar este tipo de fantasmas.

Guadalmez no volvería a ver nevar muy a menudo, aunque no siempre el cielo es de color azul, y no por ello hay que temerlo. Dicho está, quien lo quiera entender que lo entienda, y quien no, que se deleite con las múltiples formas que toman las nubes.
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SANTIAGO DE LA NAVA

Mensaje  camome el Miér 16 Mayo - 15:14

Asentadas las huestes cristianas a orillas del río Zújar para poner cerco a la población de Capilla, en el noveno año del reinado de Fernando III, al que llamaron el Santo, los grandes señores de Castilla reunidos con su Rey, discutían sobre la necesidad de tomar antes el castillo sarraceno de Aznaharón, el cerrojo del camino entre Toledo y Córdoba, y que bien pudiera servir de punta de lanza para posibles ataques musulmanes a su retaguardia. Unos eran proclives a esta idea, mientras para otros, movilizar a todo el ejército en la conquista de ese castillo, les haría perder un tiempo precioso, del que no disponían. En estas disputas se encontraban, cuando un grupo de caballeros templarios se ofreció a tomar la fortaleza, por sí mismos, sin que fuera necesario levantar el sitio a Capilla y desplazar al ejército. Para todos aquellos nobles, la idea, a parte de descabellada, no parecía augurar una empresa triunfal, pero ya que se empeñaban aquellos frailes con espuelas, allá ellos y su estúpida heroicidad.

Dio permiso el monarca a aquellos caballeros del Temple, para que emboscados, pudieran trepar por las murallas de la fortaleza de Aznaharón y rindieran sus torres a la Corona de Castilla, y a la mañana siguiente, el grupo de caballeros partió del campamento cristiano, siguiendo la cuerda de las sierras. El plan era acercarse al castillo por su flanco oeste, el que contaba con menor defensa, y en el que más protegidos se encontraban a la vista de los vigías.

Tanta era la vegetación de árboles y arbustos con la que aquellas sierras se revestían, que llegó un momento en el que nuestros valerosos caballeros, se encontraron perdidos y sin saber el rumbo que debían seguir. Cansados, desorientados y sedientos decidieron acampar en un paraje de altos alcornocales, pues ya comenzaba a caer la noche, y en aquel mismo lugar se les presentó una extraña figura, la de un peregrino vestido con una raída túnica que se apoyaba en un bastón del que colgaba una calabaza. Preguntándoles por sus cuitas, éstos le contaron que se hallaban perdidos y que necesitaban llegar a los muros de Aznaharón lo antes posible, así como si aquel buen hombre conocía la existencia de alguna fuente por aquellos parajes, para poder aplacar su sed.

El hombre sacó de un atillo unas pequeñas piedras blancas y las repartió entre los caballeros, animándoles a que las lanzaran. En el mismo lugar donde fueron cayendo las piedras, comenzaron a brotar manantiales de agua cristalina. Ante la mirada extrañada de los caballeros, aquel peregrino aseguró que no solo ellos tendrían necesidad de beber, sino que también la tendría el ejército que les acompañaba, pues el cerco a Capilla seria largo y trabajoso, y aquí podrían proveerse de toda el agua que necesitaran.

Como ya era noche cerrada, y ni siquiera una estrella asomaba en el firmamento, el peregrino tomó su báculo y tocó con él sobre uno de los arbustos. En ese mismo punto comenzó a brillar la luz de una luciérnaga. A ésta le siguió otra, y otra más, hasta que miles de luciérnagas fueron marcando un camino hacia el este, que según aquel extraño personaje, si lo seguían, les conduciría hasta las mismas puertas de Aznaharón.

Obedeciendo las instrucciones dadas por el peregrino, los caballeros templarios siguieron aquellas tenues lucecitas, y muy pronto se encontraron junto a los muros de la fortaleza. El vigía que debía guardar aquel lienzo de muralla se encontraba dormido y no se percató de su presencia, por lo cual, no les fue difícil a aquellos caballeros trepar por las piedras de la fortaleza, y envueltos en la oscuridad y el silencio de la noche, ir degollando a todos y cada uno de sus defensores. Antes de que los primeros rayos de sol anunciaran el nuevo día, el pendón real de Castilla ondeaba sobre la torre principal de aquel castillo. La misión había sido cumplida con éxito, pero en extrañas circunstancias, por lo que dedujeron que allí había intervenido la voluntad divina, y que aquel curioso peregrino no era otro que el mismo apóstol Santiago, que se había hecho presente para prestarles su ayuda.

Una vez tomada Capilla, aquel grupo de templarios regresó a ese mismo paraje, donde aún seguía manando el agua de aquellas fuentes, y levantó una ermita en honor a Santiago, en agradecimiento por la merced concedida.

Cuentan que muchos años después, cuando aquellas mismas sierras estaban plagadas de golfines y delincuentes, que atemorizaban a los viajeros que de la aldea de Guadalmez se encaminaban a Chillón por el puerto de Las Cuevas, ese mismo peregrino se volvió a presentar a un grupo de aquellos viajeros, que se habían refugiado en la ermita de Santiago de la Nava, y tocando con su larga vara la blanca flor de una jara, ésta se tiñó de rojo, al igual que lo fueron haciendo muchas otras, hasta ir completando un camino en línea recta de flores de jara coloradas. Aquel camino no era otro que el de Puerto Mellado, desconocido para los golfines, y que permitió viajar tranquilamente a los aldeanos durante mucho tiempo.
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LA GRAN RIADA

Mensaje  camome el Jue 17 Mayo - 18:06

Faltaban aún siglos para que las águilas republicanas del Senado y el Pueblo de Roma pisaran estas tierras, cuando los morgos, esos avaros duendecillos obsesionados con los metales y las piedras preciosas, todavía convivían con los hombres en el Valle del Guadalmez. Éstos últimos, dedicados a las labores agrícolas y ganaderas, y los morgos, a la extracción de los metales, que luego cambiaban a los hombres por alimentos o comerciaban con ellos más allá de estas sierras.

En uno de los estiajes veraniegos, en los que el río Guadalmez parece ausentarse por tramos, hasta la llegada de las lluvias otoñales, hallaron los morgos un rico filón de plata en lo que hoy conocemos como Isla Bataneja, más allá de las Longueras, y ávidos de obtener esas riquezas, comenzaron a extraer esa plata en el mismo cauce del río.

Como eran conscientes que muy pronto las aguas del Guadalmez reclamarían sus dominios, decidieron levantar un muro de piedras que las retuviera, para poder seguir hurtándole a Gea sus lágrimas argentíferas. Conforme el río traía más agua, más altura ganaba el muro, impidiendo que el Guadalmez siguiera su cauce, lo que le obligaba a expandirse por aquellas vegas más bajas, hasta llegar a formar un gigantesco lago.

Tal era la riqueza que los morgos iban atesorando, que llegaron a construir una ciudad allí mismo, en el cauce del río, una maravillosa urbe de torres y cúpulas doradas, donde rubíes y esmeraldas, con sus fantásticos destellos, otorgaban un color mágico a la fachada de sus casas. En contraposición a esta orgía de riquezas, los hombres habitaban pequeñas viviendas de piedra, adobe y retama, río abajo, a los pies del Morrio y a orillas de un cauce seco que les privaba de peces y agua para sus cultivos. Para que los hombres no se revelaran contra el muro, los morgos comenzaron a regalarles tinajas llenas de vino, caldo en el que ahogaban sus penas y miserias, y les regalaba una alegría que parecía eterna.

Así fueron transcurriendo los años, los hombres envueltos en aquellas dionisíacas nubes de etílico placer y los morgos afanados en extraer la mayor cantidad de plata posible, mientras seguían colocando piedra sobre piedra en el muro, cada vez que el río pretendía sobrepasarlo. Pero olvidaron algo muy importante, y es que no hay puerta o cerrojo que pueda contener la fuerza de las aguas, y éstas, más temprano que tarde, volverán a señorear en sus dominios. Así ocurrió, que cuanto más ganaba el muro en altura, menor era su resistencia, y un año de copiosas lluvias, la corriente del Guadalmez consiguió echarlo abajo, anegando todo y más de lo que encontró en su camino. Una gigantesca masa de agua barrió todo el valle y no dejó piedra sobre piedra, torre en pie o cúpula que se sustentara y fueron muchos los morgos y hombres que perecieron ahogados, todos aquellos que no consiguieron llegar a alcanzar las faldas de las montañas.

Desde aquel aciago día en el que Natura venció en su pulso con los morgos, éstos se escondieron en cuevas, túneles y pozos, sin querer volver a pisar la superficie, y los hombres, temerosos de su río, nunca más construirían sus hogares a la orilla de tan rencoroso y terrible benefactor. Había que respetar al río y a su fuerza, porque él llevaba en aquel valle miles de años, y ellos apenas eran unos simples mortales, que no sobrevivían más allá de cincuenta. Desde este momento los hombres tampoco quisieron saber nada más de los morgos, aquellos avariciosos personajillos que habían provocado la tragedia, borrando todo recuerdo de sus mentes. Unos y otros se ignoraron, hasta el día de hoy, aunque se dice que los morgos, para expiar su propia culpa y limpiar su conciencia, suelen dejar a los hombres monedas de oro y plata o piedras preciosas en las jarras o vasos de hogares humildes.

Si alguien se aventura a día de hoy, en dar un paseo por la ribera del río Guadalmez, una vez pasadas Las Longueras, y en la zona que se conoce como Isla Bataneja, aún puede contemplar las piedras esparcidas que una vez formaron aquel muro, como una advertencia de que no es de sabios apostárselas con la Naturaleza.
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EL CASTILLO FANTASMA

Mensaje  camome el Vie 23 Nov - 12:29

EL CASTILLO FANTASMA

Canta el poema que Tres grandes valles te abrazan, tres son los castillos que te guardan, Aznaharón, Vioque y Madroñiz, a los que habría que sumar el castro ibero-romano de La Desesperada, pero aún falta uno más, el castillo encantado de El Morrio. Sí, sí, ese mismo castillo que no se puede ver y que nadie cree en su existencia pero que, en días de espesa niebla, algunos pastores y esparragueros aseguran haberse topado con sus muros y torres. Lo más curioso es que cuando la niebla se levanta del valle y el sol vuelve a señorear en el firmamento, allí no queda rastro alguno de murallas ni torreones que se le parezcan. ¡Curioso castillo que aparece y desaparece a voluntad!.

Pero hace siglos, el castillo de El Morrio era una fortaleza igual a las demás, levantada por los musulmanes para defender el Valle del Guadalmez y el camino que unía Córdoba a Toledo. Un castillo gobernado por un alcaide, acompañado de una pequeña guarnición de soldados, que cuando los cristianos dirigidos por Alfonso VIII, el Emperador, conquistaron el castillo de Santa Eufemia, vivía atemorizado y paranoico, esperando el momento que el ejército cristiano llamara a sus puertas.

Una desagradable, lluviosa y fría mañana de invierno el vigía avisó de la llegada de un visitante, y el alguacil presto corrió a las almenas para ver de quien se trataba. ¿Quién va?, le gritó al caminante, y éste, echando hacia atrás su capucha, les descubrió el rostro de un hombre mayor de largos cabellos y nívea barba con unos pequeños ojos negros que reflejaban sabiduría.

- Señor, soy un peregrino que se dirige a Toledo sediento de conocimientos, y allí espero poder colmar mi espíritu con las enseñanzas de los grandes maestros. Provengo de Córdoba, donde se me tiene por sabio, pero de lo único que estoy seguro es que aún me queda mucho por aprender, y he aquí la razón de mi viaje. Si fueran tan amables de darme cobijo en esta fortaleza mientras dure el temporal y pueda reemprender mi camino, les estaría eternamente agradecido.

El alcaide, temeroso de que el viajero fuera un espía del rey Alfonso y pudiera delatar su debilidad en armas y hombres para defender el castillo, se negó a abrir sus puertas y contestó al sabio que lo primero que debería aprender es a viajar con el buen tiempo. Nuevamente suplicó el anciano que se le diera hospedaje, y por segunda vez fue rechazada su petición. Ante ello, el viajero tomó su báculo y así hablo:

- La hospitalidad nunca se le debería negar a un necesitado, y ya que tú y tus hombres, a causa del miedo, no habéis dudado en negármela a sabiendas de ser injustos, desde este momento disfrutaréis de paz y tranquilidad eternas y nunca nadie podrá volver a desasosegaros. Cuando con mi báculo toque vuestras murallas y rece el encantamiento, la fortaleza irá desapareciendo para siempre jamás, no habiendo ojos de hombre que puedan volver a vislumbraros por los siglos de los siglos. Atrapados quedareis en este castillo, y únicamente, los días de niebla sus muros volverán a materializarse. Si alguna vez, algún viajero consiguiera dar con vosotros, en uno de esos días, y os pidiera la hospitalidad que a mí me habéis negado, sólo tenéis que ofrecérsela para que el embrujo llegue a su fin.

Con estas palabras, el anciano se acercó a la muralla, y tocando con su vara las piedras de esta, comenzó a susurrar una extraña plegaria. Poco fue el tiempo transcurrido, cuando el castillo, como si de un dibujo a lápiz se tratara y fuera borrado con una goma, comenzó a desaparecer ante los ojos de aquel peregrino, y de todos los hombres.

Nunca el rey Alfonso conquistó ese castillo, ni tampoco Fernando III cuando hizo lo propio con el castillo de Capilla y Aznaharón, pues allí, sobre la cima del Morrio no había castillo alguno.

Aún hoy día, el alcaide y sus hombres esperan la llegada de algún viajero que pida su ayuda, para poder romper la maldición.
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LA LEYENDA DE LOS TRES PEÑONES

Mensaje  camome el Vie 11 Ene - 20:58

LA LEYENDA DE LOS TRES PEÑONES

Guadalmez se asienta en la ladera del cerro de la Peña del Cuervo, entre los arroyos de la Dehesa y la Gavia, y bajo la mirada pétrea de la “Ventanilla”, ese capricho de la naturaleza, que como si de un ojo horadado en la roca se tratara, vigila a la población que se esparce a sus pies. Y en ese mismo cerro, más allá de la Ventanilla, tres peñones solitarios custodian el camino que asciende hasta el Puerto de la Virgen, tres peñones que, si hacemos caso a una vieja leyenda popular, no son sino tres hermanas convertidas en piedra, condenadas a ser testigos mudos y silenciosos para toda la eternidad, por haber faltado a la palabra dada.

Contaban las abuelas, en aquellas tardes frías del mes de enero, al calor de la lumbre que iba secando los productos de las matanzas decembrinas, que hace muchos años, cuando aún había guerras con los moros en estas tierras, vivía en Guadalmez un pastor que tenía tres hermosas hijas casaderas, y éstas, gustaban todos los días de acercarse donde estaba su padre con las ovejas para llevarle el almuerzo. Gusto que no dejaba de ser una pobre justificación para abandonar las tareas domésticas y poder dar buenos paseos luciendo los vestidos que su madre, sola la mayoría del tiempo en casa, se afanaba en coserles, cuando el resto de ocupaciones le daban un respiro. A la madre no le dolía aquello, pues pensaba que sus tres hijas eran las mocitas más envidiadas de todo el vecindario, y no les faltaría galán que no quisiera llevarlas ante el altar.

El padre solía pastar con sus ovejas en la dehesa de Valdesapos, y para llegar allí era necesario cruzar el río por unas “pasaeras” que los vecinos habían hecho con grandes piedras. Pero un día que el río venía crecido y sus aguas cubrían dichas piedras, las tres hermanas no osaron cruzarlo por temor a tener que mojarse sus bonitos vestidos. Deambulando orilla arriba y orilla abajo, a la espera de encontrar alguna solución, se encontraron con un viejecito, que sentado sobre un tronco, contemplaba ensimismado la fuerza de la corriente del agua.

El anciano, viendo acercarse a las tres muchachas, les preguntó qué era aquello que tan nerviosas las ponía, y ellas le contaron su preocupación por no atreverse a cruzar el río para poder llevarle la comida a su padre, que ya las estaría esperando. Ante este dilema, el hombre, que era viudo y con un hijo soltero, les propuso construirles un medio para poder cruzar el río, ahora y siempre, para que no tuvieran que mojarse nunca más sus bellos piececitos, y en el tiempo que tardara el sol en colocarse en lo más alto del firmamento, a cambio de que alguna de ellas contrajera matrimonio con su zagal. Las hermanas pensaron que aquel viejo estaba loco, pues era imposible construir un puente, que ni veinte hombres en varios meses podrían levantar, y hacerlo en tan corto espacio de tiempo, pues el astro rey iba ya camino de alcanzar esa posición.

Tomándose el acuerdo a chufla acordaron con él en aceptar el trato si no se rebasaba dicho espacio, pero el viejo no había mencionado nada de un puente, sino que acercándose a unos matorrales fue sacando troncos de madera, que con mano maestra unió entre sí con cuerdas, hasta construir una balsa, fuerte y segura, a la que invitó a las muchachas a subir. Con un largo palo, que iba hundiendo en el fondo del río, el anciano hizo avanzar la balsa de una orilla a la otra, y las tres hermanas lograron cruzar el río sin mojarse la suela de sus zapatos. Ya contaban con el medio prometido que les permitiría cruzar el río, incluso los días en los que su corriente fuese más fuerte y caudalosa, y ahora les tocaba decidir a ellas, cual de las tres se casaría con el hijo de aquel viejo.

Ni siquiera se les había pasado por la cabeza a ninguna de ellas, que el anciano pudiera cumplir su palabra, y por ello le habían dado tan alegremente el sí a aquel acuerdo, pero ahora, viendo que la otra parte había cumplido y que exigía que ellas hicieran lo mismo, un temor a tener que casarse con alguien a quien no querían, y que por no tener, no tenía ni hacienda, las llevó a salir corriendo hacia su casa en busca de la protección materna.

Hasta allí las siguió el viejo exigiendo su deuda, una deuda que no estaban dispuestas a pagar, y por ello, también escaparon de su casa dirigiéndose al monte, con la esperanza de que el viejo se cansara de perseguirlas. Pero éste no desistía y tras ellas fue por el camino del Puerto, por lo cual, las hermanas abandonaron el camino y se introdujeron entre la maleza del cerro de la Peña del Cuervo. Agotado por la persecución, el anciano no pudo ya seguirlas y levantando su bastón hacia el cielo las maldijo por no haber cumplido su palabra. En ese mismo instante, y mientras ellas subían el cerro hacia arriba un potente y sonoro rayo cayó sobre sus cabezas y las convirtió en tres peñones de piedra. Así, podrían seguir siendo vistas por todo el mundo y admiradas, desde ahora a la eternidad, por todas las generaciones presentes y futuras que habitaran en Guadalmez, contemplando como la vida fecundaba todo el valle, sin que un solo soplo de ella las llegara a rozar.

El hijo de aquel viejo se hizo cargo de la balsa que construyera su padre, y transportando a sus vecinos de una orilla a otra, conoció a una joven que le dio cuatro vástagos y muchos años de felicidad.
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LA LEYENDA DE LA FUNDACIÓN DE GUADALMEZ

Mensaje  camome el Vie 8 Mar - 22:59

LA LEYENDA DE LA FUNDACIÓN DE GUADALMEZ

Todos sabemos que el Valle de Guadalmez fue un regalo de la diosa Gea a Deméter, para que ésta no ambicionara el Jardín de las Hespérides otorgado a Hera, y que la laboriosa Deméter lo embelleció para que fuera la envidia del resto de dioses y héroes de la antigüedad. Pero existe una vieja leyenda, hoy día casi olvidada, que nos cuenta como se fundó la antaño aldea de Guadalmez.

Se dice que en el reino de Granada un príncipe moro, Yusuf, valeroso y aguerrido guerrero, que había sido criado por una cautiva cristiana en el palacio de la Alhambra, en una cruenta batalla que enfrentó a su padre, el rey nazarí, con las tropas del monarca castellano, el príncipe, en un alarde de valentía al arremeter contra las filas enemigas, se vio acorralado de soldados castellanos, y sintiendo cercana la muerte, se encomendó a aquel mártir soldado, San Sebastián se llamaba, del que tanto le había hablado su ama de cría. Y en ese mismo instante, en el que sus ojos se dirigían a la inmensidad del cielo azul, suplicando ayuda, una trompeta llamaba a todos los guerreros cristianos a regresar a la posición que ocupaba su rey, que se encontraba en peligro.

Aquello fue interpretado por el príncipe como una respuesta a sus súplicas, y se convenció para abrazar la fe de los infieles, siendo bautizado en la pequeña comunidad mozárabe de Granada, a su regreso de la guerra. Los rumores de que el príncipe se había convertido al cristianismo comenzaron a correr como la pólvora en la ciudad del Darro, y su padre, enojado y angustiado ante estas habladurías, obligó a su hijo a adjurar públicamente de su nueva fe bajo amenaza de muerte, exigencia que él no estaba dispuesto a acatar.

La noche siguiente, el príncipe tuvo un sueño en el que una joven doncella, con lágrimas en los ojos, le apremiaba en susurros a huir de Granada si no quería terminar, al despuntar el día, en manos del verdugo. Sobresaltado por aquella aparición, y temeroso de que aquel designio se cumpliera, se dirigió sigiloso a los establos, ensilló su caballo y salió velozmente del recinto palaciego de la Alhambra, por la puerta de la Justicia, como alma que lleva el diablo.

De Granada se dirigió a Córdoba, ya en tierras de Castilla, y desde allí puso rumbo a Toledo, la corte cristiana, por el antiguo camino que atravesaba Fahs al Ballut o el Llano de las Bellotas de la antigua época califal, haciendo una parada para pernoctar en el desvencijado castillo de Hins ibn Arun o de Aznaharón como era conocido entre los castellanos.

Allí se presentó como un mercader de camino a la Corte, y el alcaide de la fortaleza le invitó a cenar a su mesa, junto a su familia. La cara del príncipe debió cambiar de color, cuando estupefacto descubrió que aquella joven sentada a la mesa, y que el alcaide presentó como a su hija, no era otra que la doncella que se le había aparecido en sueños aquella noche en Granada. Marcela, pues este era su nombre, también se quedó atónita al conocer al mercader, pues su rostro era el mismo que el de aquel príncipe que ella soñaba paseando entre fuentes de agua cantarina y frondosos jardines. El trato que tuvieron durante los días siguientes, fortaleció en ellos aquel amor incipiente que se había originado en aquellos mundos oníricos en los que nos adentramos al abandonarnos en el descanso de las oscuras noches.

Al alcaide, padre de Marcela, aquella relación no era de su gusto, pues tenía pensado casar a su hija con algún hidalgo de la ciudad de Córdoba, y menos lo fue aún cuando se enteró, por boca del propio Yusuf de la verdad que le había llevado hasta allí. Montando en cólera, y viendo imposible que su hija dejara de amar a aquel hombre, la repudió a ella y ordenó expulsarles a los dos de su fortaleza. Pero Marcela amaba esa tierra, y Yusuf no tenía tampoco a donde ir, por lo que optaron por comenzar una nueva vida allí mismo, en el valle que se abría media legua más abajo, un fértil valle regado por las aguas del río Guadalmez. Y allí, en una gran llanada, como a un tiro de distancia de la orilla del río, entre dos lagunas y dos arroyos, protegido del frío cierzo por las montañas y la sierra, Yusuf y Marcela edificaron con sus propias manos la casa que iba a convertirse en su nuevo hogar, y junto a ella, Yusuf levantó una pequeña ermita que dedicó a San Sebastián, aquel mártir que le había librado de una muerte segura en la batalla, y que le había conducido hasta allí.

Fue en ese pequeño templo, donde Yusuf y Marcela se unieron en santo matrimonio, en una ceremonia oficiada por el cura de la cercana villa de la Puebla de San Juan de Chillón, y a la que asistieron, no sólo el padre de Marcela, que arrepentido decidió aceptar aquel amor, sino todos los habitantes del castillo de Aznaharón.

En aquel hogar, nacieron sus numerosos hijos, y Yusuf para evitar la añoranza de sus tierras granadinas, plantó miles de almendros en la ladera de aquel cerro que tenía una ventana de piedra, para que al menos, durante unos días al año, y cuando los almendros florecieran, le recordasen a su sierra nevada. Aquel valle no tenía ya nada que envidiar a la Vega de Granada, y su humilde casa, junto a Marcela, le parecía más bella que todos los palacios de la Alhambra juntos. Por eso, unos años más tarde, muerto su padre el rey, unos emisarios llegaron hasta su puerta para ofrecerle la corona del reino nazarí, a cambio de abrazar de nuevo la religión de Mahoma, pero Yusuf respondió que ahora aquel valle era su verdadero reino, y la fe en Cristo la que guiaría su alma hasta su último suspiro.

Sus hijos, al crecer, buscaron cónyuges entre los habitantes del castillo de Aznaharón y las poblaciones vecinas, y levantaron sus propias casas, dando origen a una pequeña aldea, que tomaría su nombre del cercano río: Guadalmes.
Al morir Yusuf, a una edad avanzada, fue enterrado en un terreno entre el río y la aldea, que todos los años, con las crecidas del otoño, el invierno y la primavera, quedaba rodeado de agua, y sobre su tumba creció un gigantesco taray para recordar a todo el mundo el lugar exacto en el que yacía el padre de Guadalmez.

Es curioso, que aquellas tierras en las que se asentó Yusuf y fundó una familia junto a Marcela, fueran adquiridas por una familia nobiliaria, los Fernández de Córdoba, alcaides de los Donceles, y que un descendiente de éstos, el I Marqués de Comares, fuera quien tomó prisionero en la batalla de Lucena al último rey nazarí del reino de Granada, poco antes de que aquel maravilloso reino desapareciera para siempre.


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LA TORRE DE LOS GATOS

Mensaje  camome el Miér 13 Mar - 16:18

LA TORRE DE LOS GATOS

En el pico más elevado, el central, de los tres con los que cuenta el cerro de La Desesperada, se levanta una pequeña fortificación en ruinas que se piensa fue construida por los túrdulos para proteger el camino que unía los valles de Alcudia, La Serena y Los Pedroches, zonas de gran importancia metalúrgica en la antigüedad. Este viejo castillo, ocupado más tarde por los romanos, es identificado como la Torre de Felises de las crónicas medievales, y así aparece mencionado en un documento de 1301. Un nombre muy curioso que parece proceder del nombre latino Felis Turris o Feles Turris, la torre del gato o de los gatos, y que pasaría al castellano como Felises, y cuyo origen se explica mediante una curiosa leyenda.

Se dice que durante las revueltas comandados por Viriato contra el dominio romano de Hispania, este caudillo comenzó a reclutar a lusitanos, carpetanos, turdetanos y también a los túrdulos que habitaban estas tierras, para poder presentar batalla contra los ejércitos romanos, y llegado esto a oídos del procónsul de la Bética, para impedir que el rebelde consiguiera formar un ejército, envió una legión para perseguirle y desbaratar sus planes.

Los legionarios salieron de la ciudad de Córduba hacia el norte para adentrarse en tierras lusitanas a través del Zújar, pero al llegar al río Guadalmez, una fortaleza bien guarnecida detuvo su marcha, al considerar el legatus que no podían dejar posiciones rebeldes a sus espaldas, por lo que era necesario asediar y tomar dicha fortaleza. Por ello, la legión montó el campamento y se preparó para el asedio y posterior ataque, que debería llevarse a cabo por su lado norte, pues por el sur era imposible, ya que estaba protegido por las aguas del río Guadalmez, y éste bajaba con mucha fuerza.

Durante varias semanas, los soldados se prepararon para el asalto del castillo, y cuando éste se llevó a cabo, a todos extrañó que los defensores no lanzaran contra ellos flechas o piedras, por lo que el ataque, que se presumía fatigoso, resultó ser una simple escaramuza. Aunque la sorpresa llegó cuando consiguieron vencer sus murallas y penetrar en el interior, pues allí no había ni una sola alma humana, sino un centenar de gatos que jugueteaban con madejas de cuerdas.

Más tarde supieron, a su pesar, que los defensores de aquella fortaleza habían partido a reunirse con las tropas que estaba reclutando Viriato, pero antes idearon una estratagema para ganar tiempo. Suponiendo que los legionarios romanos tomarían ese camino para penetrar en tierras lusitanas, construyeron maniquíes giratorios de madera, a los que vistieron con sus armaduras y lanzas, y los ataron a unas cuerdas que terminaban en madejas con forma de pelota. Luego soltaron allí a un gran número de gatos para que jugaran con esas madejas y así dar movimiento a los maniquíes repartidos por toda la muralla, para que semejaran auténticos defensores. Los romanos cayeron en la trampa y regalaron un tiempo precioso para que Viriato pudiera seguir con su reclutamiento, y por ello, aquella fortaleza sería conocida a partir de entonces como la Torre de los Gatos o Feles Turris.
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LA LEYENDA DEL INDIANO

Mensaje  camome el Jue 11 Abr - 19:40

LA LEYENDA DEL INDIANO

Contó Diego muchos años después, que cuando el barco que le llevaba a América levó anclas y comenzó a alejarse del puerto de Cádiz, mientras la ciudad parecía ir sumergiéndose en las profundidades del mar, lloró. Sí, lloró con todas sus ganas, con ese llanto que parece querer aliviarnos el dolor de una despedida. Y es que Diego abandonaba su tierra, puede que para siempre jamás. Hacía más de un mes que había partido de su pequeña aldea, Los Palacios de Guadalmez como en aquellos tiempos la llamaban, allá por los confines del reino de Córdoba, y tomando el mismo camino que utilizaban los carros cargados de azogue para ir a Sevilla, consiguió alcanzar la puerta del nuevo continente en la península.

Su carácter abierto y sociable, su laboriosidad, una cabeza bien amueblada, y mucha suerte, porque siempre la suerte es decisiva, le llevaron a amasar una gran fortuna en tierras mexicanas, al abrigo de alcaldes, gobernadores y hasta virreyes, que le prestaron su ayuda a cambio de la generosidad que Diego solía mostrar con los amigos. También un beneficioso casamiento con la hija de un general, ayudó a todo ello.

Pero añorando la tierra que le viera nacer, decidió trasladarse allí con su mujer e hijos y recuperar la compañía de su familia, a la que tanto había echado de menos durante aquellos largos años. Así pues, embarcándose en Veracruz, y tras una breve escala en La Habana, hasta que se completó la flota de Indias, llegaron a la ciudad que le viera partir años atrás, y las mismas lágrimas volvieron a brotar de sus ojos, pero esta vez, lágrimas de alegría.

Una ansiedad incontenible le empujaba a llegar cuanto antes a su valle, y tras alquilar un carruaje, en el que pudieran acomodarse toda su familia y equipaje, y un hermoso corcel para él, puso rumbo a la tierra que le viera nacer. Pasados unos días de fatigoso viaje, un nido de tejadillos, entre los que sobresalía la espadaña de la parroquia, a los pies del pétreo ojo de la Peña del Cuervo, les dieron la bienvenida. Años de esfuerzo, sufrimiento, penas y alegrías, se esfumaban ante la contemplación de su aldea. Había regresado a casa.

Al llamar a la vieja puerta de madera de roble, que guardaba el hogar paterno, la cara de su hermano apareció al abrirse la hoja de arriba. Una cara que mostraba incertidumbre al no reconocer a aquellas personas que a su puerta esperaban, una cara que no terminaba de salir de su asombro cuando Diego se presentó. Pero el reencuentro con su hermano le iba a deparar tristes noticias, pues sus padres, ya ancianos y enfermos, habían fallecido hacía años, sin esperanza alguna de volver a ver a aquel hijo que se había ido a las Américas.

Pese a no tener ya más familia que aquel hermano, pues Mencía, su hermana pequeña, también había abandonado este mundo por culpa de unas calenturas, aquella era su tierra, y el propósito que le había llevado hasta allí debía seguir adelante. Para ello había estado trabajando todos estos años como un mulo, con la única ilusión de volver algún día a la aldea, y gracias a su hacienda, ese sueño que tantas noches acarició bajo aquellas estrellas al otro lado del océano, al fin sería una realidad.

Con bolsas bien repletas de reales fue convenciendo a muchos propietarios de que le vendieran sus cercas y heredades, hasta configurar una extensa finca entre el río y las montañas, regada por varios arroyos y abastecida por el agua de unos cuantos manantiales. En ella ordenó plantar numerosos árboles del país, y sembrar las semillas de otros que crecían en lejanas tierras, y con la construcción de pequeños canales que se surtían del río Guadalmez, puso en regadío la mayor parte de la tierra llana. En el extremo de la finca que lindaba con la aldea se propuso levantar un gran palacio, donde asentaría su hogar, y para ello, mandó llamar a los mejores maestros alarifes, artesanos y artistas de los reinos de España, compitiendo en sueldos con la Iglesia y la propia Corona. Su idea era que estos grandes maestros enseñaran su arte a los mozos de la aldea, mientras durara la construcción de su residencia, para que posteriormente, Guadalmez se tornara en una villa artesanal e industriosa. Así pues, hizo llamar a canteros, carpinteros, ceramistas, cristaleros, costureras, bataneros, pintores, jardineros, cocineros, bodegueros y un sin fin de profesiones que no sólo levantarían una mansión como no había otra en cientos de leguas a la redonda, sino que se convertirían en la semilla de una aldea laboriosa y productora que la haría rica y próspera.

Los vecinos de Guadalmez contemplaban atónitos aquel trasiego de artesanos y artistas, venidos de todos los rincones de la geografía, y cuchicheaban, verdades y mentiras, en la plaza, convertida en auténtico mentidero de la aldea, mientras que con una gran sonrisa se acercaban a Diego en demanda de trabajo para ellos y para sus hijos.

Intrigado nuestro protagonista por aquello que pensaban sus paisanos sobre el proyecto que estaba llevando a cabo, preguntó a uno de ellos, con el que más confianza había trabado durante los meses transcurridos, sobre el parecer, y éste le contestó que comentarios los había de todo tipo, los menos agradecían su iniciativa, que iba a hacer de Guadalmez, al fin, una villa grande y poderosa, y los más, le echaban en cara, que habiendo nacido en una familia humilde, y tenido la suerte de hacer fortuna, como muchos, en las Américas, viniera ahora a restregarles en sus narices el éxito cosechado, cuando hubo de partir de la aldea, porque en su casa no tenían un trozo de pan que pudiera echarse a la boca.

Aquello entristeció a Diego, y durante días se le vio meditabundo y silencioso, pasear por la orilla del río. Una mañana, despidió a todos aquellos operarios, artesanos, alarifes y artistas, pagándoles generosamente por sus servicios, regaló la finca a su hermano, con los cimientos de lo que nunca llegó a ser un gran palacio, y montando a esposa e hijos, junto con el equipaje, en el carruaje, marchó nuevamente por aquel camino que le llevó hasta Cádiz. Si su fortuna se la debía a América, era justo que fuera allí donde disfrutara de ella.

Conforme las siluetas de las sierras de Peñabarriga y Piedra Santa se perdían en el horizonte, un pensamiento se aferraba a Diego en respuesta a sus preguntas: No hay animal, pese a carecer del raciocinio del hombre, que ose morder la mano que le da de comer, salvo la serpiente, la misma serpiente envidiosa y ambiciosa de Adán y Eva. Ella es la única capaz de hacer al hombre intrigar en contra de sus propios intereses.
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